Presenta «Casi nada está en su sitio», su nuevo disco y primero en 10 años, que incorpora una canción, «Digo España», como el negativo de aquella «camisa blanca de mi esperanza».

Como consecuencia de una fiebre creativa que le duró un mes y medio («nunca me había dado una fiebre así», dice), Víctor Manuel San José (Mieres, 1947) publica «Casi nada está en su sitio», sus primeras canciones en diez años. Después de varias giras seguidas «revival» como «Vivir para cantarlo», «El gusto es nuestro» y «50 años no es nada», el asturiano regresa con un trabajo que incluye lo que podría ser el reverso de aquella «España, camisa blanca de mi esperanza», y que es «Digo España», reflejo de un contexto de pesadilla en la política nacional.

–Casi nada está en su sitio. ¿En qué piensa?

–En la perplejidad ante el mundo más cambiante y a mayor aceleración que nunca. Nadie se esperaba que Trump estuviese ahí o las cosas que han sucedido en este país en este año y los anteriores. Por un lado, está la sensación de que la política está llena de travestismo, de gente que se transforma para desconcierto de los votantes y que es muy desestabilizador.

–El título procede de «Digo España» y no es la primera vez que le canta a España.

–Hace 36 años, con «España camisa blanca de mi esperanza» tenía un planteamiento completamente diferente. Veníamos del intento de golpe de estado de Tejero y bueno, miraba hacia el futuro con ilusión y pensando qué cosas se podían conseguir de lo que nos prometían, pero estamos en una fase totalmente diferente. Da la sensación de que hay demasiada gente pegando tirones del país y a veces con razón, porque si se exige mejor financiación es completamente razonable, pero a veces se hace de una manera arbitraria. Y quería contar lo que me pasa, pero también la sensación que tengo de lo que está pasando en mi país.

–¿Cuál es?

–Bueno, yo fui educado de una determinada manera y hay perfiles de país que reconozco. Pero me resulta extraño y doloroso que yo, que he salido a la calle en Barcelona a gritar «Libertad, amnistía y estatut de autonomía»… me resulta extraño lo que veo. Creo que es una manera de hacer política en la que hay muchos papeles cambiados.

–¿Lo que más le preocupa es el tema catalán?

–Hay tirones en todos los sitios. Como españoles, tenemos esa cosa de avergonzarnos de la bandera, o al menos unas generaciones, porque ahora está normalizada y la gente joven la acepta y me doy cuenta de que eso es importante. Creo que es cosa del fútbol, pero bueno, yo nunca he dicho «este país», sino «mi país», por España. Me siento muy asturiano y quiero a mi tierra pero hay algo superior que nos une con todos los defectos y los reniegos que tienes que hacer a diario. Es mi país y trataré de cambiarlo en la medida que pueda.

–La izquierda ha tenido alergia a la palabra «patria» y la bandera.

–Sí, porque venían muy manoseados de los tiempos pretéritos.

–Bueno, seguía presente en la política a la vuelta de este milenio.

–Pero son memorias de lobos… eso queda ahí. Igual que yo recuerdo la reunión en la que Carrillo aceptó la bandera constitucional. Yo estaba ahí. Era en la calle Capitán Haya y la verdad es que se nos abrieron las carnes. Pero ahora te das cuenta de lo necesario que era dar ese paso adelante y tratar de normalizar la relación con los símbolos. Aunque yo pongo por delante que las banderas, todas, me tocan los cojones, ya sea la que sea. Todas. Me resultan insoportables, sobre todo cuando se manejan para darle con el palo a los demás.

–También dice que España le suena bien.

–Sí, suena bien. Porque no la uso para tirársela a nadie a la cabeza. Reconozco lo que somos y lo que nos pasa, pero no lo echo en cara igual que no utilizo tampoco que un político robe en el País Vasco o Cataluña, porque son problemas concretos.

–¿Cuál es su opinión sobre los nacionalismos?

–Es que es un asunto aburridísimo. Yo, que he leído muchos libros acerca del «procés» y que, la verdad, debería haber leído menos, cada vez menos entiendo. Hay algunas cosas que, si no las compartes desde el principio es difícil que te convenzan. Pero mucha gente está a gusto con creer determinadas cosas. Es algo que difícilmente se soluciona. Si yo como asturiano pienso que lo nuestro es mejor que lo de León o de Lugo, pues no tiene ningún arreglo. Hay gente que pelea por imponerlo y eso no tiene arreglo.

–Nada mejor que contarse una buena historia.

–Bueno, igual que te crees los Reyes Magos, crees que por magia se solucionan las cosas. Hay una falta de realismo brutal.

–Pues los Reyes Magos nos han traído pesadilla.

–Claro, porque no se ciñe únicamente a un aspecto concreto, sino que afecta a mucha población. Yo tengo cantidad de amigos y gente que quiero muchísimo allí que lo han pasado realmente mal. Me asombra que le puedan llamar fascista a Serrat. ¿Quiénes son los gilipollas que dicen esto? Son gente abducida y gilipollas.

–La Transición se ha puesto en cuestión al respecto.

–Yo eso no lo comparto. Y veo que quienes lo hacían están recogiendo velas y más que recogerán. Yo sé lo que pasó y no puedo compartir lo de simplificarlo todo. Porque, chico, ¿dónde iban a estar ahora los que dicen «régimen del 78» si eso no hubiera ocurrido?

–¿Se identifica con alguien políticamente?

–No. Desde hace mucho tiempo. Yo he creído en que el comunismo iba a transformar el mundo, y aquí estamos. No he creído políticamente a ciegas en nadie desde que dejamos el PCE en el 82.

–¿España tiene remedio?

–Sí, es complicado. Porque hay una gran cobardía en la clase política. Dicen algo y miran por el rabillo del ojo a ver cuándo llegan las elecciones para no meter la pata mucho. Es el signo de los tiempos. Es muy complicado confiar ciegamente en la política porque les ves el cartón todo el tiempo. Nadie se atreve a dar un paso al frente y pactar, que si se hace en Alemania no entiendo por qué aquí no se puede.

–¿Habrá abrazo con Cataluña?

–Será para largo plazo, porque todo está muy envenenado. Ya lo han dicho, que a corto no tiene solución, lo han dicho desde los dos lados. Habrá que ver hacia dónde viran las situaciones, que puede ser a un lado o al otro.

–¿Se puede ser nacionalista y de izquierdas?

–No. Si Gregorio López Raimundo o Antoni Gutiérrez levantaran la cabeza… se estremecerían.

–Bueno, la izquierda nacional le ha reído mucho las gracias al nacionalismo.

–A todo el mundo les hacía gracia, porque gobernaban con ellos en definitiva. Llámese el PP o el PSOE. Y cuando pactas es porque te llevas algo.

LA RAZON DE ESPAÑA