La oposición –dicho así, en singular- está dividida, no es coherente, se dice. La oposición no se une, o cuando se une, no se pone de acuerdo, aducen. La oposición no logra convertirse en una alternativa, pontifican. La oposición es complaciente con el gobierno, se quejan unos, u obstruccionista, aguijonean otros. Sus voceros lanzan tales frases y muchos se montan sobre ellas y cabalgan hacia el lugar común.

Hay un equívoco que rodea, desde hace tiempo, todo cuanto se le critica a la oposición sin que ésta, cuando menos hasta ahora, haya sido capaz de presentar su caso y ensayar, con lucidez, una defensa digna del tema en disputa

No pasa un día sin que se le objeten a aquélla su supuesta incapacidad para vertebrar, en consonancia con las inquietudes de la hora, no sólo una estrategia capaz de transformar a sus representantes en algo más que la denuncia de las ilegalidades cometidas por el régimen, sino también la formulación de un programa al conjuro del cual plantarse frente al autoritarismo y disputarle el poder en serio.

Es como si, para quienes se sitúan en la vereda de enfrente del madurismo, los infortunios de estos últimos años tuviesen su explicación en el hecho de que la oposición no existe más allá de unos cuantos partidos y dirigentes cuya buena voluntad no alcanza a compensar su falta de vuelo para cumplir un rol imprescindible en la política.

Sin embargo, las objeciones que se le enderezan sin solución de continuidad tienen un notorio vicio de origen, pues en países como el nuestro no existe razones para hablar de la oposición en singular, ya que se considera a la oposición como enemiga y amenaza para el Estado. Dicho de manera distinta: cabría referirse a la oposición si arrastrásemos una tradición bipartidista, democrática, en donde la bandería que, a la hora de formar gobierno, pierde las elecciones, se convierte automáticamente en el polo contrario al gobierno de turno, sin que haya terceras fuerzas en juego.

Pero aquí, al día de hoy, no hay tal cosa. Lo que hay es autoritarismo, sinónimo de carencia democrática. De modo tal que, para evitar el equívoco mencionado al principio, parece obligado abordar la cuestión utilizando el plural, o sea, dejar de lado a la oposición para darle entrada a una noción algo distinta: los opositores.

El arco opositor no acepta, por su misma naturaleza, reduccionismo de ningún tipo. En realidad, si algo representa, es el mosaico ideológico de nuestro país en el cual las preferencias se dividen. Además, es faltar a la verdad afirmar que los opositores al madurismo han sido siempre complacientes, indecisos, faltos de imaginación o incapaces de generar una alternativa. Se le han opuesto – bien o mal, con inteligencia, a veces, deficientemente preparados, otras – al régimen, y, cada uno a su manera, ha forjado estrategias a las cuales no se las puede crucificar por igual.

Se entiende que por una razón de economía de términos se haga referencia a la oposición, a condición de que el singular signifique el conjunto de partidos políticos y de grupos de presión que se oponen al régimen. O sea, que la intención resulte simplemente descriptiva. Carece de sentido, en cambio, que se traiga a comento a la oposición con el propósito de señalar algo que no es y no puede ser: un todo compacto.

Con ánimo de acertar, en cuanto a las ideas, juicios o conceptos constructivos que se tiene sobre la oposición. Si se mira hacia adelante, hay razones para ello: el hecho de que los opositores no hayan podido superar las diferencias y ponerse de acuerdo para encontrar un cierto orden de convivencia política bajo cuya forma se canalizara a través de vías y métodos la estratégica proclamada como electoral, democrática, constitucional y pacífica. Se hace evidente que la consciencia de la interdependencia entre los sectores de la oposición es hoy un mandato al que ningún sector puede rehuir.

Desde que los partidos de oposición asumieron una estrategia democrática, pasando por las instancias electorales, no hacían sino avanzar, superando algunas de las peores consecuencias de los errores cometidos en tiempos en los que políticas distintas a la democrática privaban en la conducción de los factores que adversan al gobierno.

Si bien el autoritarismo significa negación de la democracia, los opositores están obligados a generar ideas alternativas y realistas, alejadas del extremismo de derecha o de izquierda para que sea posible hallarle una salida pacífica a la difícil coyuntura venezolana. Su objetivo no puede ser correr detrás del presente, sino a buscar, con buena fe, imaginación creativa y afán de acertar, los caminos que conduzcan a la democracia

TAL CUAL