Estas líneas siguen reflejando exactamente lo que sentía y lo que siento por lo que las vuelvo a compartir aquí, para todos los tovareños y para todos los venezolanos

Cuando mi mamá murió escribí un artículo personal recordando un parte fundamental de ella: su pueblo. Este año, el Alcalde de Tovar y el Concejo Municipal me invitaron a ser el orador de orden en el día de la Virgen de Regla y me hicieron el honor de nombrarme Hijo Ilustre de Tovar, distinción que recibí orgulloso en plena Plaza Bolívar, la misma que vi tantas veces desde la ventana mientras leía los libros que marcaron mi vida.

Quería escribir una nota de agradecimiento y compartir con ustedes una parte de mi discurso ese día, pero al releer lo que escribí para mi viejita en su partida, me di cuenta que estas líneas siguen reflejando exactamente lo que sentía y lo que siento, por lo que las vuelvo a compartir aquí, para todos los tovareños y para todos los venezolanos que tienen un pedacito de su país incrustado en el corazón, estén donde estén.

“No viví nunca en Tovar, pero hay dos cosas que me relacionan a él por siempre. Los cuentos que escuché desde niño (de los Vivas, los Troconis, los Burguera, los Mogollón, los Rangel, los Useche, los Marquina, los Henríquez, los Pulido, los Consalvi, los Durán, los Garay, entre muchos otros) y mis largas estadías en Tovar, a donde me iba antes de despertarme el día siguiente de terminar las clases y regresaba ese día horrible en el que las vacaciones terminaban, con los lagrimones en los ojos y la canción “Pueblito Tovareño” retumbando en mi cabeza.

Ahí estaba la ilusión de compartir con los míos. La casa grande con Zaguán y Solar. La finca en la tierra llana. Mis tíos y mis primos. Las batallas de fruta verada y la pesca con latas llenas de huecos en la quebrada del jardín.

Solo había que serpentear por la carretera, entre muros de piedra andina y espectaculares casitas con techos de tejas y llegar a cualquier Páramo, corretear por los ríos, meterse en el molino de trigo o darse un baño congelado en la Cascada para ser feliz.

El evento más importante del pueblo marcaba mi vida. Las ferias de Tovar. La primera semana de septiembre comenzaba, camino al gran día: el ocho de septiembre, día de la Virgen de Regla. La excitación era total. De chiquito, lo máximo era ir a los aparatos eléctricos, tan cercanos a Disney como el Aguardiente a la champaña Dom Perignon, pero por esa magia de la vida, puedo retar a cualquiera de mis amigos, que haya tenido la dicha de nacer rico, a que nos sometamos a una prueba de satisfacción en memoria y les aseguro que los revuelco con mis idas, de la mano de mi mamá, a esa rueda de la luna desguañangada, el carrusel de caballitos chuecos y los pinchos en los chiringuitos de la feria, que deja pálido a los Piratas del Caribe y a la Montaña Espacial.

Adolescente, los intereses cambian, y también el deseo de probar. La primera fiesta en el Club Mocotíes, entrenado por mis primas en el arte de bailar. El primer trago, la corrida de toros, el templete, el primer amor, el primer beso y todo lo demás. Total, que importaba si al final, el párroco de Tovar se tiraba una misa gigante, donde la gente llenaba iglesia y plaza, en la que te daban la absolución plena de todos tus pecados, y lo mejor, sin pasar por la confesión. Solo había que arrepentirse sinceramente. Luego me enteré que las absoluciones masivas las prohibieron y además creo que igual ninguna me funcionó, porque visto en retrospectiva, ni me arrepentí ni me arrepiento.

Los años nos cambian, pero hay dos cosas que nunca cambiarán. El profundo amor que siento por las cosas que me recuerdan a mi vieja, Tovar a la cabeza, y una extraña pasión por los carritos chocones, desarrollada en las ferias y que explica por qué, pese a la que pasa en Venezuela, sigo la recomendación de Santa Teresa: nada me turba, nada me espanta. Todo pasa.”

@luisvicenteleon

EL UNIVERSAL