Malas compañías (1980)

Musicalmente los discos de Sabina no es que hayan envejecido mal, es que nunca sonaron bien del todo. Dylan decía: «no sé cantar bonito». Tal limitación vocal los hace hermanos de sangre, al igual que la genialidad para el verso. Pero mientras para Dylan la música es tanto o más importante que la letra, la carencia de calidad musical en Sabina ha sido siempre un sambenito del que no ha sabido zafarse. Aunque hay excepciones, como Malas Compañías, uno de los pocos discos de Sabina que lejos de provocar sarpullidos incluso invitan al deleite sonoro, gracias a los músicos allí reunidos y a los arreglos de Hilario Camacho y José Antonio Romero. El disco, frente a otros, se sostiene bien, como un almanaque de folk rock con tintes de blues. Las canciones son excelentes y no solo de manera singular, con picos creativos en «Calle Melancolía» y «Pongamos que hablo de Madrid» llevadas en volandas por otras ingeniosas crónicas urbanas, como «Bruja», «Pasándolo bien» o «Mi amigo Satán».

ABC DE ESPAÑA

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