fotograma de la película 'Petra' de Jaime Rosales.
  • LUIS MARTÍNEZ
  • El coreano Lee Chang-dong y el español Jaime Rosales colocan en sus nuevas películas al hombre vejado como origen y paradigma de todas las formas presentes de incomunicación y violencia

    FOTO..Bárbara Lennie en una magen de ‘Petra’, de Jaime Rosales. EL MUNDO

    “Soy un hombre enfermo… Un hombre malo. No soy agradable”. Dostoievski nunca tuvo entre sus vicios el dar rodeos. Pocos textos como Memorias del subsuelo para describir en sus términos más ajustados, y hasta contradictorios, la herida de la humillación. “No quiero curarme por rabia”, dice el ruso tras describir en primera persona su padecimiento del hígado. Aunque en realidad, nada entiende de su enfermedad. “No sé con certeza lo que me duele”, dice. El hombre del subsuelo no busca ni redención ni castigo. El hombre del subsuelo no es ni siquiera un hombre amoral. Menos aún inmoral. No actúa por desconocimiento o simple impiedad, él obra contra sí mismo. Y lo hace a conciencia; lo hace, ya se ha dicho, por rabia. Le mueve la repugnancia, quizá el resentimiento, contra los preceptos morales que conoce. Su única intención es liberarse de cada uno de ellos. Ser libre.

    Sea como sea, con o sin Dostoievski, pocos asuntos tan relevantes como la humillación y sus consecuencias han recorrido la obra de cineastas modernos con tanta claridad. Y la misma rabia. Michael Haneke creyó ver en ella, en la afrenta normalizada mediante la moral y la religión de un pueblo entero, el origen del nazismo. La cinta blanca eleva a la categoría de rito un castigo metódico y colectivo. Y sin inocentes. Quizá la vejación descarnada tanto de Deliverance, de John Boorman, como la de Perros de paja, de Sam Peckinpah, no sólo aciertan a enfrentar al hombre supuestamente civilizado con su más secreta naturaleza sino que a su manera las dos construyen una fiel y clara metáfora de unos tiempos, los 70 de Nixon, esencialmente violentos. Bergman hizo de ella una de sus principales preocupaciones en su intento casi suicida de hacer coincidir su cine con su más íntima biografía. El mago de El rostro se convierte en la única imagen posible del propio cineasta enfrentado a la incredulidad de todos. Su venganza es el artificio de su arte. Su humillación la de todos. Y como ellos, Asghar Farhadi en El viajante; Quentin Tarantino en Kill bill o Django; Park Chang-wook en Old boy… O, más lejos, un irreconocible Steven Spielberg en Munich, empeñado en hacer coincidir la víctima y el verdugo en la carne de un pueblo entero (el judío) primero humillado y luego perdido en el laberinto de su furia.

    Tanto Jaime Rosales como Lee Chang-dong, cada uno a su modo, hacen suya esta reflexión en sus dos últimos trabajos. El que ahora aparezcan juntos en los cines (se estrenan el 19 de octubre) no es tanto casualidad como destino. En el primer caso, Petra rastrea en la sensación de pérdida de una mujer (Bárbara Lennie) que quiere saber quién es su padre. Su investigación la llevará a casa de un artista (sorprendente el no actor, pero sí artista de verdad, Joan Botey). Allí conocerá a la mujer (Marisa Paredes) e hijo de este último (Álex Brendemühl). Lo que sigue, siempre alrededor de la familia y sus accidentes, es el descubrimiento de una traición y la exigencia, quizá imposible, del perdón. Y, en medio, como la única evidencia posible y límite exacto de la posibilidad misma de entendimiento, la humillación.

    Pocos personajes en el cine reciente tan protectoramente crueles y tan paternalmente desaprensivos como el interpretado por Botey con una transparencia cerca de lo cómico. En él, la humillación adquiere la textura de lo indefinible pero cercano. Incomprensible pese a su evidencia. Y de alguna manera en esa arbitrariedad se reconoce el héroe moderno y absurdo de Dovstoievski (o de Kafka incluso). La humillación alimenta su poder y su capacidad de autoafirmación frente a la moral, en contra de lo dado. Es la rabia la que le mueve. Incurable.

    El surcoreano, antes novelista y mucho antes ministro de Cultura de su país, se ejercita en un arte similar. Burning gira alrededor de un joven de apariencia entre normal. Un buen día se encuentra con una antigua amiga de la infancia. Y se enamora. Pero la pierde. Cuando la vuelva a ver vendrá acompañada de un hombre extraño. También él es normal. Pero de otro modo. Su normalidad ofende. Es rico, conduce un Porsche, habla poco… Es la viva imagen del privilegio, de la nueva Corea que ignora todo aquello que apenas acierta a ver. Al fondo, Burning enseña el fantasma separado por alambradas de un país extraño situado al norte. Y éste sí completamente anormal. Otra forma de ser Corea.

    Chang-dong adapta ahora un relato de Murakami, pero lo hace desde el lado más ingrato. De él extrae la duda, cerca de la perplejidad, de un personaje enfrentado al más indescifrable de sus miedos. No es la primera vez que el director quiere tanto. En Poetry era una anciana la que se las veía con la necesidad de negar y aniquilar incluso lo único que la mantenía en pie: el amor de su nieto. El suyo era un dolor que empequeñecía el significado de la voz sacrificio. En Secret Sunshine, el director se atrevía con definitivamente casi todo al ensayar la forma más extrema de perdón: el de la madre de la víctima y el asesino. Ahora, la humillación lo mueve todo porque todo lo detiene. Ella se sitúa en el único motor de una acción que sólo puede exigir la autodestrucción. Completa.

    La película está toda ella narrada desde una voz distante muy cerca del silencio. La cámara se detiene en los gestos mínimos que hacen que se ensanche la herida. Nuestro protagonista no soporta verse donde el destino, o lo que sea, le ha dejado. No puede con la sensación de no poder. No soporta amar y no ser amado. Y le humilla que lo que a él se le niega, otros lo tengan sin más. Y así hasta construir un reflejo no tanto de la naturaleza humana, que también, como del propio mecanismo suicida de nuestra sociedad. Es cine, si se quiere, comprometido, político incluso, pero construido desde la certeza de un abismo que se abre en mitad del pecho. El protagonista, como el hombre del subsuelo, se sabe enfermo. Pero en contra del personaje de Dostoievski, lo que le alimenta no es tanto el orgullo como su desorientación, su vacío, convertido de repente en violencia, en fuego reparador.

    Tras leer al ruso, el propio Nietzsche cree leer en la historia universal del pensamiento la huella de esa humillación del débil. Resentimiento lo llama. Incapaz de entender y de reconocerse parte de la naturaleza siempre poderosa y siempre arrogante, el débil acaba por negar todo aquello que ve y que no coincide con su deseo (el mundo sensible, la vida y el tiempo) mediante la proyección de un mundo y una vida mejores, de un ser verdadero, de un más allá intemporal. La impotencia sería en la lectura del alemán la responsable de esta especie de venganza espiritual. Aparece, entonces, la responsabilidad, el mérito y la culpa. Al hombre, dice Nietzsche, le ha nacido un alma, pero junto con ella ha contraído la peor enfermedad: la mala conciencia. Luego añade que sólo el nihilismo sería la respuesta adecuada a las historias de separación que, mediante la metafísica y la religión, hemos vivido entre el sujeto y el objeto, la apariencia y la realidad, el ser y el pensamiento. Historias de humillación y resentimiento. Pero todo esto es otra historia.

    Chang-dong y Rosales coinciden en la cartelera y lo hacen enfermos del mismo hígado que Dovstoievski. Tampoco ellos, humillados, quieren curarse. Más que nada, por rabia, la rabia que define nuestro tiempo.

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