• ANTONIO LUCAS
  • Madrid
  • La reportera y escritora mexicana despliega su pasión por el periodismo, advierte de los peligros de la sobreinformación y considera el cambio climático como el gran tema de este siglo.

    “Para bailar hay que ser enormemente fuerte y terco, virtudes válidas para el periodismo. La resistencia al dolor, la disciplina diaria… En danza uno fracasa todos los días como sistema”

    Ya se sabe: Alma Guillermoprieto tenía previsto elevarse como bailarina al amparo de maestros como Merce Cunningham y Martha Graham. Pero algo se quebró. Cunningham le informó en 1969 de que buscaban profesores de danza en Cuba y entendió el mensaje. Dejó Nueva York, donde vivía con su madre, y en 1970 ya impartía clases en la Escuela Nacional de Danza de La Habana.

    Estaba previsto que fuese un año mágico en la isla. Fidel Castro anunciaba una producción de 10 millones de toneladas de azúcar de caña y la joven profesora de danza descubrió que toda arcadia tiene su mecánica de propaganda como el amor sus símbolos. Quizá por ahí fue asomando en ella el periodismo, en el Caribe de su juventud. Hasta 1973 fue bailarina profesional.

    Más de 40 años después, Alma Guillermoprieto (mexicana de 1949) es una de las reporteras principales de Iberoamérica (aunque la mayor parte de sus crónicas las escribe en inglés). Suma a su vitrina el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2018. Acumula una bibliografía de reportajes más necesarios que una facultad de Periodismo. Escribió en The Guardian, The Washington Post, Newsweek, The New Yorker, The New York Books of Review… Firma en las cumbres del oficio unos reportajes y crónicas que despliegan y descifran parte de la complejidad social, política y cultural de Latinoamérica.

    Cuando descubres cómo cuenta Alma Guillermoprieto no quieres leer de otro modo. Levanta párrafos lentos y precisos, con la cadencia de quien sabe que la música es más idioma que artificio. Dispensa una escritura de precisión, químicamente impura (como es la vida), y cuando aporta un dato exacto es porque tiene al lado un testimonio de hombre o de mujer que cuenta lo que sucede con la voz deshilachada. Es la humanidad de un buen reportaje.

    De los días en la isla escribió un libro necesario: La Habana en un espejo. Testimonio despierto y sagaz de aquella fiesta sagrada de la Revolución en la que creyó antes de que ésta oliese a zapato viejo. La certeza de la vida en esos días consistió para Alma Guillermoprieto en pasar varios años en el centro de aquel sueño martilleado. Este conjunto de textos es memorable. Y dejó en la periodista una rastro de sospechas confirmadas: “Las revoluciones las hacen unos pocos que se creen que son todos”, dice.

    ¿Cuáles son hoy las revoluciones en marcha?
    Si las tomas en el sentido radical de las verdaderas revoluciones, que es dar a algo una vuelta completa, estamos en un momento de grandes revoluciones. La que se está dando entre hombres y mujeres es absoluta. Y la tecnológica y científica es veloz y total. Sólo con esas dos se está cambiando el perfil del presente. Pero no llamo revolución al #MeToo, sino que lo entiendo como un fenómeno que es parte de la insurrección, no la insurrección misma. La revolución en marcha es algo más profundo y más rotundo que Twitter. No queremos aceptar todas las cláusulas de un mundo diseñado por hombres. Nosotras somos la mitad del mundo.

    Sabe bien de lo que habla, porque Alma Guillermoprieto se estrenó en el periodismo reportajeando una de las insurrecciones del siglo pasado. Quizá la última de América Latina: la Revolución Sandinista de Nicaragua. Fue su primer empleo. Contar aquello para The Guardian, junto a la fotógrafa Susan Meiselas, por una pura curiosidad irrefrenable y un azar.

    Un amigo de su madre, editor del diario, le habló de aquello y de que el periódico buscaba gente que lo escribiese. Y marchó con los bártulos de freelance: un boli, un cuaderno, una agenda, un par de mudas. A trabajar en algo inédito para una bailarina con matices sinceros. En 1982, ya en The Washington Post, desveló la masacre de campesinos en El Mozote (El Salvador), donde el ejército salvadoreño asesinó a 800 campesinos (hombres, mujeres, niños), alentado por la injerencia de la administración Reagan en América Latina, tan ágil improvisando desolladeros.

    El periodismo le regaló un sitio y un continente en lo que iba mirando, en las palabras que junta con su letra rápida, con su andar de lentitudes, con la emoción predilecta de saber que el periodismo se hace a pie, siempre más allá de las redacciones.

    El mundo es ya otro, pero Alma Guillermoprieto sigue gastando suela y usando el transporte público. Confía en la demora de escribir más que en la urgencia de las redes sociales, cebaderos de noticias, chismes y exabruptos que tanto excitan al público. “La necesidad neurótica de estar informado y opinar a todas horas favorece a la fantasía en lugar de a la verdad. Un tsunami sustituye a otro cada tres horas. La información, cuando es tan abundante, sólo es parcial. Antes un periódico era una especie de ágora donde se reunían gentes muy diferentes en paz. Las redes sociales han acabado con eso. Es uno de sus efectos más negativos”, exclama. Estamos más informados que enterados. “Las noticias pasan cada vez más rápido y eso complica el reflexionar con complejidad, con profundidad. Cada vez resulta más difícil explicar los sucesos con calma, lo que genera una extraña sensación de miedo. Debo reconocer que estoy muy asustada, pues para ponernos en peligro no hace falta demasiado entrenamiento. En vez de conocer a fondo los hechos nos dan tajantemente las explicaciones. No es muy alentador”.

    Eso tiene que ver con el uso indiscriminado de falsas verdades como armas de confusión masiva.
    Es que nos creímos una mentira absoluta: que existe la verdad. Y ahora todo el mundo tiene una verdad que arrojarle al otro. Olvidamos que la comprensión de cualquier realidad se hace de todos los puntos de vista de quienes la contemplan.

    Alma Guillermoprieto regresó a Colombia, dode vive, después de pasar los años de plomo, del 88 al 92, y de alojarse en otras muchas ciudades. Su pesimismo vital es de entusiasmo. Por el camino fue dejando sus crónicas en otros tantos libros: Desde el país de nunca jamás, Los años en que no fuimos felices, Los placeres y los días, Al pie de un volcán te escribo… O Samba, donde cuenta el año que pasó en una escuela de samba, Estaçao Primeira de Mangueira, echando el pasito y viviendo en una favela durante el periodo de preparación de los carnavales de Río de Janeiro. Ha escrito también sobre tango, Celia Cruz y gastronomía. No siempre la violencia es su alpiste. Acumula mucho de autobiografía en su escritura, con esa serenidad que tiene algo de estilo del porvenir.

    Alma Guillermoprieto fue parte de la primera generación de reporteros que dieron cuerpo a la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), fundada en 1995 por Gabriel García Márquez, otro estandarte del oficio. El Nobel le asestó el título oficial de ser una de las 10 mejores reporteras del mundo. Cada vez espacia más los reportajes. “Quizá estoy ya en la edad de pertenecer a las juntas asesoras”, bromea. Pero si hoy tuviese que entrar a saco en una historia, no duda: el avance del cambio climático: “Es el gran tema hemisférico para el periodismo. Por eso sugiero a los reporteros jóvenes que estudien ciencias para entender el gran tema de nuestro tiempo”.

    Reportajear es salir a untarse de voces, paisajes, calles. Y luego volver a casa para comprenderlo. Alma Guillermoprieto se sabe escritora. “Siempre vuelvo a Tolstoi, a Proust, a Nabokov”. El periodismo, aun así, tiene en ella más vela que el resto de entusiasmos. “Porque me sigue interesando la vida. Y la vida es inseparable de este oficio”. Una pasión que llena de potencia sin hacer fuerza. Con una precisa singularidad de mirada, desde lo más hondo de los ojos a lo más invisible de afuera. “Me interesa, más que una noticia, la capacidad metafórica del relato que la impulsa o que la envuelve”, dice. Un buen reportero es aquel que precisa bien nuestra identidad.

    Esta mujer ha perpetrado algunas de las mejores páginas de las últimas décadas caminando por las realidades múltiples, difíciles, lúdicas y dispersas de Latinoamérica. Por eso le debemos tanto.

    Aquella bailarina a la que se le quebró el sueño no se lamenta ya por volver a bailar. El periodismo le ha dado otra danza. “Duró muchos años el deseo de haberme quedado en el baile. Aunque ahora entiendo mejor que la danza no es delicada. Para bailar hay que ser enormemente fuerte y terco, virtudes válidas para el periodismo. La resistencia al dolor, la disciplina diaria… En danza uno fracasa todos los días como sistema”. En periodismo, los días alternos. Hay que leer más a Alma Estela Guillermo Prieto. Alma Guillermoprieto para el mundo, que tras mil viajes ruidosos y desastres asistidos sabe que la felicidad es un instante callado en un palmo de jardín con flores.

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