El músico ofrece una actuación sublime en un magnífico Huercasa Country Festival

FOTO…John Hiatt durante su concierto en el Huercasa Country Festival, en Riaza. JULIO MUÑOZ

Observen, por favor, al hombre de la fotografía de arriba. Sus brazos estirados en cruz, pero en forma de una cruz pletórica, como alargando sus extremidades más allá de lo permitido y abarcando todo el escenario. Los dedos señalando aún más lejos, más allá de fronteras imaginarias, como indicando con fuerza, con sumo interés, horizontes lejanos. Parece que quieren decir: allí, allí, vámonos allí, de un salto, a todo gas, como si no hubiese mañana. El hombre está eufórico. Despliega brazos y dedos con locura entusiasta, en perfecta sintonía con el gesto radiante de su cara. Un rostro anciano, de una ancianidad corriente, pero que refleja tanta vida que es como si se elevara del suelo. Si se fijan bien, es como si flotara con sus pintas de tipo normal, casi de oficinista en temporada de verano. Es como si la imagen nos indicara: este señor sin aura de estrella puede volar. Está volando. Mírale, hazle caso, síguele, porque te hará volar. Con toda su cotidianidad impecable, este señor, fotografiado magistralmente por Julio Muñoz, tiene un don. Y se llama John Hiatt.

Cierto: tiene un don. El don de la mejor música. Es difícil de explicar, pero fácil de sentir cuando se trata de canciones, esos artefactos que captan la vida como si fuera un oleaje de emociones sobre el que flotamos o nos hundimos. Como la fotografía que le ilustra a la perfección, Hiatt anoche hizo volar a los más de 3.000 espectadores que se congregaron en la primera jornada del Huercasa Country Festival. Lo hizo con su don, un método infalible de interpretar el folk-rock de cuño clásico con un embriagador aroma a soul. Es elegante y sencillo, como un perfume imbatible.

No tiene el aura de leyenda de Bob Dylan, ni la pasión desbocada de Neil Young, ni el carisma de Bruce Springsteen, ni el nervio contagioso de John Fogerty, ni la finura de Emmylou Harris, ni la garra de Lucinda Williams, pero John Hiatt es como todos ellos un coloso de la música norteamericana. De hecho, en su cancionero, interpretado ayer con un derroche de cualidades difícilmente superable, reside el alma misma de eso que se ha dado en llamar americana, ese género bastardo de sonidos raíces que define un cosmos vital, casi una concepción emocional y filosófica con respecto a la vasta tierra estadounidense.

Hiatt es la coronación de la americana. Su máximo esplendor. Con cuatro décadas de carrera y más de 20 discos a sus espaldas, representa en sí mismo la consolidación del género. Si tal vez Dylan y Fogerty fueron sus padres fundadores, entre otro buen puñado de primeros espadas de los sesenta, se puede afirmar que Hiatt es la mejor muestra actual de lo que significa este sonido que mezcla folk, rock and roll, soul, blues o country. Y lo es porque este músico con clase simboliza todo su espíritu desde sus orígenes. Sus canciones desbordan por espirituales, por llegar al corazón mismo, allí donde nos jugamos todo, donde queremos serlo todo. Su voz ligeramente ronca, pero llena de alma, inunda las canciones. Como si fuera un Joe Cocker con menos desgarro pero más galanura, insufla soul blanco a un folk-rock de verdadera catedra. Es algo que viene haciendo desde principios de los ochenta y que ha tenido momentos álgidos en obras maestras como Slow Turning, que anoche tocó de principio a fin por su 30 aniversario.

Slow Turning es una de sus cimas, como al menos otros seis o siete álbumes tremendos de una discografía siempre competente. Nada sobra en John Hiatt, que anoche sonreía como un tipo que se sabe todas, que disfruta con su profesión con una dignidad envidiable. De alguna forma, es el gran obrero de la americana, facturando estupendos discos con regularidad y oficio. No tiene repercusión mediática, pero es constante y certero. Y algo más: tiene un don. Conviene no olvidarlo. Su falta de reconocimiento en este negociado musical repleto de egos inflados, modas superfluas y estrellas de cartón piedra solo incide en su grandeza. No le influye para no salirse nunca de la línea de lo importante: la música de calidad.

Con su don y acompañado de su banda The Goners, ayer hizo un remolino de vientos desde que se arrancó con la deliciosa Drive South. Antes habían pasado con éxito por el escenario los trepidantes The Cadillac Three y la hipnótica Jaime Wyatt, que parece llamada a hacer cosas grandes, pero Hiatt se puso en otra órbita. En su propia órbita a la que solo alcanzan los más grandes. Tocó Tenesse PlatesIce Blue Heart, Slow Turning, Paper Thin… pero hubo que perder la respiración con Feels Like Rain, una balada al más puro estilo Hiatt donde se derriten los pensamientos, o Georgia Rae, una de esas canciones que también tienen su marca en este caso de visión optimista, uno de esos temas que empujan allí donde señalaban los dedos de sus manos en pleno éxtasis. Empujan a perseguir el horizonte.

Sus manos. Qué pequeña tontería si no fuera porque una de ellas marcaba el ritmo como si jugase con el remolino de emociones mientras la otra se paseaba por las teclas del órgano cuando tumbó a todos, incluso a los que aún están por venir cuando conozcan algún día esta canción y a este músico, al interpretar Have a Little Faith in Me. Era noche cerrada, en mitad del campo castellano, cuando los grillos enmudecieron al desparramar Hiatt su lamento solitario, inmenso de soul, bajo una llovizna de acordes. Cuando elevó el llanto, como precipitándose sobre la oscuridad entre gritos de auxilio, entre clamores de contacto humano, se rompieron en pedazos hasta las estrellas moribundas. Su mano izquierda se agarraba al remolino de vientos mientras su derecha se hundía en las teclas graves. Hiatt, sentado frente al órgano, parecía flotar, como en un cuento, como en una canción, como en uno de esos mundos imposibles que buscamos desesperadamente, a tientas, sin mapas.

Observen, por favor, la fotografía de arriba. Ese hombre normal se llama John Hiatt. Mírenlo, escúchenlo, síganle. Tiene un don. El don de volarte.

EL PAIS DE ESPAÑA