Mariela Acuña Orta.-  El jefe del Comando Estratégico Operacional de la Fuerza Armada Nacional (Ceofanb), A/J Remigio Ceballos, informó este sábado que durante la Operación Gedeón, adelantada en El Junquito contra la banda de Oscar Pérez, “se empleó el uso de la necesidad planteado en la Constitución, el uso proporcional, progresivo y diferenciado de la fuerza ante individuos que tenían dos carros bombas y C4”.

Indicó que el grupo del ex funcionario policial “estaba al margen de la ley. No son héroes de nada, son héroes de la delincuencia y el fraude”.

“Nosotros estamos bien preparados y concientizados y respetamos profundamente los derechos humanos, pero eso no quiere decir que como Estado vamos a ser débiles ante amenazas de grupos terroristas que ponen en vilo al pueblo, que salen encapuchados amenazando a la Fanb, a las autoridades del Estado. Ningún país permite eso”, añadió.

Lamentó que la acción dejó dos funcionarios de las Fuerzas de Acciones Especiales de la PNB fallecidos y ocho heridos de gravedad.

Afirmó que cumpliendo órdenes del presidente Nicolás Maduro, el Ceofanb “mantendrá el esfuerzo para garantizar la paz y el profundo respeto a los derechos humanos”.

Adelantó que pedirá a la Constituyente fortalecer el marco jurídico vigente.

Por su parte, el ministro de la Defensa, G/J Vladimir Padrino López, reveló que la operación se logró luego de “un trabajo intenso de inteligencia, muy intenso”.

Lamentó la citación de la Asamblea Nacional para que explique “el uso excesivo y desproporcionado de la fuerza”.

“El mundo al revés, la defensa del terrorismo y la puesta en duda del profesionalismo y valentía con la que ha actuado la Fanb y todos los cuerpos policiales”, afirmó.

“Culto a la persona” fue la conclusión del XX Congreso del PCUS que en 1956 quiso renovar el totalitarismo soviético. “El deshielo” –vocablo tomando de una novela de Ilya Erhenburg- fue dirigido por Jruschov, un líder carismático extraviado en las mareas doctrinarias.

En manos de Dzhugashvili Stalin la revolución de Lenin alcanzó su máxima perversidad. El feroz georgiano, el dictador más homicida que se recuerde, aprovechó todo el potencial totalitario de la doctrina bolchevique. El “leninismo” de Stalin fue en realidad el “estalinismo” de Lenin.

Inspirada en Stalin y Hitler, Hanna Arendt escribió su famoso clásico “Los orígenes del totalitarismo” cuya celebridad reconfirmarían la Revolución Cultural china, el sanguinario Pol Pot en Camboya y los disidentes rusos en establecimientos siquiátricos. La limitación que pudiera apreciarse en la impresionante obra de Arendt, es que relaciona el totalitarismo solo con la represión extrema.

El concepto quedó mejor aviado por escritores de ficción. George Orwell en su agobiante novela “1984” ofrece el modelo totalitario más perfecto. Todos los contrapesos institucionales destruidos o absorbidos. Los espacios autónomos copados por la voluntad del Big Brother.

El único refugio, mientras las técnicas de manipulación no terminen de invadirlo, es la intimidad de la conciencia. Orwell culmina su obra con un pasaje monstruoso. El último disidente del pensamiento se rinde al opresor. Lágrimas aromatizadas de ginebra ruedan por sus mejillas, llora de felicidad al ver la imagen embigotada del dictador. Finalmente ha comprendido que ama hasta la devoción a aquel hombre.

Los ojos del barinés –diseñados por un publicista brasileño financiado por Odebrecht, según don Marcelo- rastrean la subjetividad para que no haya disenso chavista ni durante el sueño.

El totalitarismo es un movimiento. Ocupa espacios aprovechando la abstención o cansancio del otro. Los ciclones cubren vacíos atmosféricos. Se abandonan escenarios por motivación al gesto en lugar de motivarse al logro, pero la democracia es el movimiento que los defiende y amplía.

Se lucha por espacios todo el tiempo: medios, libertades, DDHH, salud, educación, universidades, sindicatos, elecciones, escaños y opinión internacional, cuya importancia es excepcional.

En una situación como la venezolana el Poder no puede cerrar el círculo totalitario ni evitar problemas en su retaguardia. Aparecen nuevas formas de disidencia. El entrelazamiento de agonías detona por todos lados. No comparto los métodos del asesinado Oscar Pérez pero la brutalidad ensañada contra un hombre dispuesto a entregarse despierta indignación mundial. Ese mundo que se solidariza con la Venezuela democrática pero brinda al régimen la oportunidad de soltar el timón en atmósferas constitucionales, sin sangre, sin violencia. Las garantías constitucionales incluidas en la agenda dominicana serán honradas.

Al torpedear el diálogo, el gobierno se suicida. No descifra la crucial disyuntiva ante la cual está situado: someterse al abrigo constitucional o entregar el alma a la fiera irracionalidad de las Furias helénicas.

Cumplida con sevicia la sentencia de muerte, Oscar Pérez y sus compañeros se adentran ahora en otros ámbitos. Despojados de todo vínculo terrenal, ya no precisan de los pasos calculados ni de extremar la cautela, de armas ni de chalecos protectores. Nada dependerá ahora de sus movimientos. Despegarán simplemente adonde quiera elevarlos un imaginario popular dramáticamente ayuno de ejemplos inspiradores. Y que vive momentos del más profundo descreimiento.

Del 27 de junio pasado al 15 de enero de este año transcurrieron los 203 de su cruzada voluntarista, quijotesca y definitivamente suicida desde que decidió humillar el soberbio engreimiento de un aparataje policiaco-militar poderoso, sanguinario, desnaturalizado como no ha tenido precedentes en Venezuela.

Los amos del poder respondieron a su atrevimiento como a una vendetta personal cuando volcaron la violencia represiva hacia sus padres, ajenos a los planes del piloto y policía, para destruirles su vivienda. Desde ese instante si fue una acción en nombre del Estado, se trató de terrorismo de Estado, lo que terminó envolviendo todo el carácter de la arrasadora operación final.

Paradójicamente, haber concretado sus desafíos de manera limpia e incruenta, con un extraño halo de facilidad e impunidad como lo recogían los registros audiovisuales que inundaron las redes sociales, levantaron en torno a su figura el muro de la sospecha, la creencia de que sus acciones obedecían a una maniobra engañosa, distraccionista, un peón que se prestaba a otro perverso montaje de la dictadura.

¿Cómo pudo sobrevolar en helicóptero una zona que concentran tantos poderes como el centro de Caracas sin que lo derribaran ni lo apresaran? ¿Cómo pudo tomar por asalto un comando militar sin disparar un tiro? ¿Quién ha dicho que policía se levanta en armas? Y ya que ha sido actor, ¿cuánto le estará pagando el gobierno por esa pantalla de falso rebelde?

Aún en sus últimas horas, en pleno Gólgota, cuando su rostro salpicado de sangre y sus angustiosos mensajes en tiempo real no dejaban dudas de que marchaba definitivamente hacia el martirio, se mantenían los hervores de la desconfianza en las redes sociales. Divulgada la noticia de su muerte, se exigía la foto de su cadáver. Sólo faltó algún Santo Tomás del tuiter exigiendo hundir los dedos en los agujeros de sus balazos.

Los doscientos días de la epopeya de Oscar Pérez ha calibrado bien esa postración del ánimo nacional, ese sentimiento de frustración y desconcierto por los reveses políticos que ha invadido al venezolano, impotente ante el aplastante cerco político y el asedio del hambre, la falta de medicinas y necesidades de todo orden. No cree en nada ni en nadie.

Para una cúpula de ambición totalitaria que después de dos décadas en el poder maneja con maestría la construcción política del miedo, tener rodeadas a sus presas, disponiendo de una inmensa ventaja numérica y un poder de fuego descomunal, el pequeño grupo rebelde era un manjar irresistible para un odio tan bien incubado, una ocasión demasiado propicia yprovocativa como para no dejar sentado un atroz escarmiento de sangre.

Y enseguida ha venido la impúdica amenaza: quien siga el camino de Pérez y su gente correrá su misma suerte.

Cuando habían pasado 96 horas de la Masacre de El Junquito, ninguno de los cadáveres del grupo disidente había sido entregado. Esos cuerpos deben estar hechos añicos como quedó el chalet donde se refugiaban. El alto gobierno ya debe haber contemplado en versión digital el macabro resultado de su orgía criminal. Y sabe que exponerla a los ojos del público potenciará la condena y el repudio mundial. Cremarlos, desaparecer esa evidencia sería el objetivo, pese a la desesperada resistencia de los familiares.

Hay un charco de sangre a los pies de la silla presidencial. Su ocupante se dice victorioso, pero ahora es cuando más le teme a esos cuerpos hoy acribillados, pero no fuera de juego. Y eso es porque aún equivocado en su vía armada, iluso o soñador insensato, Oscar Pérez vuelve a la acción redimido por su martirio ante los ojos de un pueblo que como cualquier otro se rinde ante el heroísmo de quien ofrenda su vida en plena juventud y en nombre de la libertad.

Es el simbolismo que aterra y perseguirá a Maduro, Cabello y otros, pero que al mismo tiempo convoca al pueblo a creer en sí mismo y en su capacidad para perseverar en la irrenunciable lucha por una Venezuela de libertad, justicia y dignidad.