Del fracaso de la mesa de diálogo en República Dominicana, fundamentalmente por la falta de acuerdos sobre las garantías para un proceso electoral libre de ventajismos e ilegalidades, puede inferirse que la mayoría de la oposición partidista ha quedado emplazada ahora en una sola dirección: no participar en las elecciones presidenciales que, con la celeridad con la que caracteriza al CNE cuando se trata de cumplir los dictados de sus jefes, han sido fijadas para el 22 de abril.

La deducción resulta obvia, pues si el acuerdo no se firmó porque las condiciones esbozadas sin detallar explícitamente la forma de garantizar los derechos resultaban el impedimento de peso para la parte opositora, ¿cómo se le podrá pedir ahora a la población que participe en un proceso que desde ya queda configurado como un traje a la medida para las aspiraciones reeleccionistas de Maduro?

Ha sido una decisión de mucho peso, pues si antes había margen para pensar que con una candidatura capaz de voltear el tinglado electoral de Maduro y su CNE, como lo sería la postulación de Lorenzo Mendoza, ahora se trata de que un lanzamiento de esa naturaleza tiene que pasar sobre el alerta lanzado sobre Santo Domingo y, tanto peor, no contar con el aval y el respaldo de la capacidad organizativa, que por menguada que sea resulta desde todo punto necesaria, de los cuatro principales partidos.

Pudiera decirse que en el juego político se presentan circunstancias que hacen variable o modificable lo que se creía definitivo. Cierto, pero por los momentos, aquí y ahora, si algo ha salido potenciado desde Dominicana es la tendencia abstencionista para las elecciones presidenciales, que ya tenía toda una amplísima legión de propulsores dentro y fuera del país, nacionales y extranjeros. Ahora son algunas de las organizaciones que ya habían anunciado su disposición a someterse a un proceso de primarias o un debate en busca de un consenso candidatural las que están diciendo: así no vamos.

La intransigencia del Gobierno quedó reflejada en el gesto soberbio de ni siquiera recibir el último documento de la representación opositora. Por eso, el presidente Danilo Medina no se llamó a engaños y afirmó que el diálogo ha entrado en “receso indefinido”. Esa parece ser la norma general: en receso indefinido están en Venezuela el Estado de Derecho y todas las posibilidades del pueblo venezolano de satisfacer sus necesidades más vitales. Es acelerado y creciente el número de muertes sin que por parte del gobierno se manifieste voluntad alguna para tomar medidas que puedan detener esa caída.

El fracaso de la mesa de diálogo no puede llevar tranquilidad a nadie, puesto que no despeja en lo más mínimo el dramático marco de incertidumbre en el que transcurre sus penosos días la población venezolana.

De lo rescatable, el único atisbo de lo que puede ser el futuro inmediato, están las palabras de Borges: “Llamamos a los venezolanos a crear, entre todos y para todos, un frente amplio dentro y fuera de Venezuela, para materializar esta lucha, y ponernos todo de pie para encontrar las soluciones en nombre y en las manos del pueblo venezolano”.

Ojalá que con la urgencia del caso veamos pasos en firmes, y no sólo de la dirigencia partidista, para construir la más amplia unidad que demanda enfrentar el trágico derrotero por el que marcha Venezuela. Que Maduro siga desbocado en su decisión perpetuadora: un frente verdaderamente amplio de la unidad nacional, de resistencia a fondo y por el rescate de voto será un muro contra el cual más temprano que tarde se estrellará la loca ambición de poder de la cúpula chavista.