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Categoría: Nacionales
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Una zuliana de 22 años de edad alza su voz para denunciar el horror que sufrió en los calabozos de la policía política, donde permaneció recluida casi dos meses junto con otras mujeres criminalizadas por protestar contra el gobierno. Para proteger a la víctima, Proiuris reserva su identidad. “Si nadie habla esto nunca se va acabar”, dice la joven.

ACOMPAÑA CRÓNICA: VENEZUELA CRISIS - CR02. CARACAS (VENEZUELA), 28/07/2017.- Fotografía del edificio "El Helicoide", sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) y lugar de detención de la mayor parte de los detenidos en protestas que siguen privados de libertad, y algunos de los casi 500 presos políticos hoy, viernes 28 de julio de 2017, en Caracas (Venezuela). Una media de 40 personas, en su mayoría estudiantes, han sido detenidas cada día en Venezuela por delitos como "terrorismo" o "insurrección" desde que empezara el 1 de abril la presente ola de protestas para exigir la renuncia del presidente Nicolás Maduro, en las que han muerto más de cien personas. EFE/CRÍSTIAN HERNÁNDEZ

Reporte Especial Proiuris | @Proiuris_VE | IG: @Proiuris
Andreina Dominguez Urbina

¡Llena de colores! Así era mi vida. Estudiaba en la universidad, mis papás me daban lo que necesitaba y hasta lo que quería, tenía un novio adorable y mi trabajo era dibujar sonrisas en las caras de los niños enfermos, porque me incorporé a la labor maravillosa que realiza la Fundación Doctor Yaso. Sí, se puede decir que era feliz, pero todo cambió el 6 de mayo de 2017.

Fue uno de los días más largos de mi vida. Había una marcha de mujeres. Llegamos al punto de concentración en la autopista Francisco Fajardo, pero después que llegamos mis compañeros dijeron que no siguiéramos. Nos habíamos enterado de que habían detenido a una compañera y teníamos miedo.

A las 4:00 de la tarde nos dirigimos hacia Bello Campo. En el camino veíamos como la gente corría y corría, iban de un lado a otro y no sabíamos por qué. Nos paramos en una esquina y en eso llegó una camioneta negra y así, sin más, comenzaron a salir hombres vestidos de negro. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, diez, quince… muchos. Eran muchos.

No me di ni cuenta cuando ya uno de ellos me agarró. Pude soltarme y salí corriendo. Ni miré para atrás. Escuchaba a mis compañeros gritando: “¡Se llevaron a Carlos, se llevaron a Carlos!”. A Carlos y su celular. A Carlos y a todos nuestros números de teléfono.

Me encontré con varios más adelante. Uno de los amigos del grupo nos ofreció llevarnos a su casa en El Junquito donde nos refugiaría. Nunca llegamos. A las 7:00 de la noche, cuando íbamos a la altura de La Yaguara, una comisión de funcionarios armados y encapuchados nos interceptó.

Iban en tres camionetas: una hilux, una ford runner y una machito. Varios se bajaron de la machito y comenzaron a decir que nosotros los íbamos a robar y sin mediar, a mis tres compañeros, a la novia de uno de ellos y a mí, nos metieron en una de las camionetas.

No nos dieron ninguna explicación y nos llevaron hasta el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin) en Plaza Venezuela. Cuando llegamos vimos a Carlos. Estaba encapuchado pero era él, tenía su ropa, lo reconocimos. Le dijeron a uno de los muchachos que se quedara al lado de Carlos. A los otros cuatro nos llevaron a una oficina.

No transcurrió mucho tiempo. Comenzaron los interrogatorios. Asumí que buscaban a Gerardo, un activista de los derechos humanos que estuvo detenido en El Helicoide. Todas las preguntas tenían que ver con él. Yo lo había visto pero no tenía ninguna relación con él, ni siquiera lo llegué a tratar.