La conversación tiene lugar a principios del verano de 2016. Faltan pocas semanas para que Diana Quer desaparezca y no vuelva a ser vista con vida, pero eso entonces nadie lo sabe ni lo puede imaginar. En torno a la mesa de reuniones del grupo de delitos contra las personas de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil se sienta una nutrida representación de sus integrantes y dos actores que van a encarnar a sendos investigadores del cuerpo en una película. A una pregunta del actor sobre cómo afrontan las investigaciones, uno de los guardias civiles responde: "Aquí somos muy fordianos"...

Una de las fotografías del seguimiento al sospechoso. 'El Chicle' fue apodado así por la Guardia Civil, aunque le conocen como 'el Dientes' y 'el Chikilín'. Su pasión por los coches le hizo descubrir que lo vigilaban. CRÓNICA

El actor hace un gesto como de no comprender. El agente le explica: «Sí, fordianos, de John Ford. ¿Has visto Centauros del desierto?». En el mítico filme de John Ford, basado en la espléndida novela de Alan Le May (el título original, en ambos casos, es The Searchers), se encuentra en efecto una clave para entender cómo funciona esta gente. Para comprender su trabajo y cómo lo encaran, en general, pero también para contar cómo lo desarrollaron en la investigación del caso Diana Quer. La frase la pronuncia Ethan Edwards, el adusto jinete interpretado por John Wayne, y en traducción algo libre dice así: «El indio persigue algo hasta que piensa que ya lo ha perseguido bastante; luego lo deja. No concibe que haya una criatura que persigue y persigue». El hombre que finalmente será detenido e imputado por el rapto, violación y homicidio de Diana Quer, José Enrique Abuín Gey, no pareció concebir que después del sobreseimiento de la causa, y tras haberle seguido e investigado sin éxito, los fordianos de la UCO continuarían acechándole. Por eso sus horas de libertad y de impunidad estaban contadas, cuando dio el paso de asaltar a otra joven, en Boiro, la noche del día de Navidad de 2017.

El detonante de la investigación es, a estas alturas, sobradamente conocido: la desaparición en la madrugada del 23 de agosto de 2016 de la joven madrileña Diana Quer, de vacaciones en la localidad coruñesa de A Pobra de Caramiñal, por esos días en fiestas. También sabemos todos del estallido mediático del caso, casi instantáneo y sostenido a lo largo de las semanas y los meses siguientes. De la exposición copiosa y aun abusiva de la intimidad de la familia de la desaparecida, así como del caudal imparable de especulaciones más o menos fundadas sobre los derroteros que toma o deja de tomar la investigación, y que se desmenuzan hasta la saciedad en el prime time televisivo, con adiciones de intuición o pura fantasía allí donde no llegan los pocos detalles que trascienden de las pesquisas policiales.

Entre tanto, los investigadores de la UCO, con el apoyo de agentes de la unidad territorial de Policía Judicial del cuerpo en La Coruña, van reuniendo la información, dispersa e ingente, con la que han de formular una hipótesis para esclarecer lo que con el paso de los días parece ser cada vez menos una ausencia voluntaria y más una desaparición forzada de origen delictivo. Han llamado a la operación con el nombre en clave Querpu (de Quer y Puebla de Caramiñal) y recaban todos los datos posibles. Entrevistas a testigos, imágenes de cámaras de vigilancia, análisis de datos de las redes de telefonía; en especial los que son coincidentes con el recorrido del móvil de Diana, hasta que se apaga en las proximidades de Taragoña, junto al puente sobre la ría donde luego lo hallará un mariscador. Con todos esos elementos y una buena dosis de paciencia, van abriendo con el paso del tiempo una serie de líneas de investigación que han de mantener en paralelo, porque ninguna termina de perfilarse como determinante ni cabe descartarla de manera definitiva.

Los feriantes presentes en el pueblo en aquellas fechas o un vehículo con remolque, captado por las cámaras de la autovía, son sólo dos de los hilos que tienen que analizar y seguir durante meses tras la desaparición de Diana. Una de las líneas de investigación, basada en la localización del teléfono móvil de Abuín Gey [más conocido hoy por su apodo el Chicle] y en las imágenes de cámaras de vigilancia; y reforzada por sus antecedentes (por tráfico de drogas y una agresión sexual denunciada por su cuñada), lo señala en fecha tan cercana a la desaparición de Diana como noviembre de 2016. El objetivo es lo bastante verosímil como para intensificar la vigilancia sobre él y a ello se aplican sin demora todos los recursos de la unidad. Es entonces cuando descubren con quién se las están viendo.

Miembros del grupo de seguimientos de la UCO vigilan al sospechoso. Utilizan para ello, conforme a su práctica habitual, un despliegue sofisticado, con multitud de vehículos y medios técnicos. Pero ocurre algo que los deja estupefactos: Abuín Gey no tarda en localizar uno de los coches del dispositivo. No les ha sucedido jamás nada semejante, aunque han tenido que trabajar a menudo en el difícil territorio gallego, con núcleos de población muy pequeños y una geografía que opone a su tarea complicaciones que han aprendido a solventar. Alguna vez, siguiendo a delincuentes avezados, les han detectado algún vehículo, que queda quemado y retiran enseguida, pero la facilidad con que lo hace este investigado es insólita. Según averiguarán más tarde, el sospechoso tiene perfectamente controlados todos los vehículos que se mueven en su entorno, es además un fanático de los coches y se fija incluso en los modelos discretos que utilizan los guardias. En particular repara en uno antiguo, que no suele llamar la atención de nadie pero sí la de Abuín Gey, que lo tiene fichado porque es de un tipo que le gusta especialmente.

Se siente vigilado

Al sentirse vigilado, el sospechoso no se queda quieto. Contacta con un teniente de La Coruña al que conoce de la operación Piñata, contra el narcotráfico, por la que llegó a pasar ocho meses en prisión. Le dice que cree que le siguen y le pregunta por qué. El teniente se reúne con él, para ver lo que tiene que contar. Ello sirve de pretexto para proceder a una primera toma de manifestaciones al sospechoso por parte de los investigadores de la operación Querpu, el 30 de noviembre de 2016. Abuín Gey refiere que en la madrugada del 23 de agosto de 2016 estuvo con su mujer, y que ella puede dar fe de que pasó con ella toda la noche. Aunque no niega que se movió por la zona, asegura que él no tiene nada que ver con lo de la chica desaparecida y se les ofrece para que cuenten con él en lo que les pueda ayudar.

Los guardias le solicitan que les entregue su móvil y les deje inspeccionar su coche. A ambas cosas accede. El teléfono que entrega es un modelo viejo y en desuso y cuando se le reclama el que está utilizando, lo da formateado a fondo. Con ese acto, las sospechas sobre él se recrudecen, pero el análisis del coche no proporciona ningún indicio, su mujer corrobora la coartada (así como una hermana de ella y su marido, con los que convivían) y los elementos que se tienen contra él hasta ese momento son circunstanciales y demasiado inconcretos. Con los datos que han facilitado las operadoras de telefonía, tanto respecto del móvil de Abuín como del de Diana, puede establecerse la presencia de ambos en zonas próximas, pero no la coincidencia de los itinerarios que uno y otro siguieron. Aunque no se cierra la vía, aún hay otras que explorar, y sobre todo está pendiente una diligencia crucial, que no puede llevarse a cabo de inmediato: analizar el comportamiento de las redes de telefonía de la zona en condiciones similares a las de agosto de 2016. No queda otra solución que aguardar a las siguientes fiestas, las de 2017.

Sin embargo, el control sobre Abuín Gey se mantiene. En marzo de 2017 se le cita para peritar los desperfectos causados en su coche durante el examen practicado meses atrás. A raíz de ese encuentro se le vuelve a pulsar sobre el caso de Diana, pero sobre todo se instala, con autorización judicial, un medio técnico para escuchar las conversaciones que mantiene con su mujer, que es la que le suministra la coartada. Abuín, con absoluta frialdad, la misma que apreciaron en él los guardias encargados de su seguimiento cuando lo detectó (sin cambiar en ningún momento su rutina), habla con su pareja como si supiera que le están escuchando: interpretando, o al menos es esa la impresión que sacan los investigadores, el papel que le conviene para alejar toda sospecha de su persona. No les queda más remedio que mantenerlo como sospechoso y seguir acumulando información que permita enfrentarlo más adelante con mejores bazas.

En abril de 2017 el juez del caso decreta el sobreseimiento provisional de la causa, al no poder concretarse la imputación a persona determinada de crimen alguno. Desde ese momento los movimientos de los investigadores serán más difíciles: con unos autos archivados, aunque sea de manera provisional, no pueden solicitar diligencias que supongan menoscabo de derechos fundamentales: por poner un ejemplo, instalar en el vehículo del sospechoso elementos técnicos para su seguimiento o escucha permanentes o interceptar sus comunicaciones. Las esperanzas están puestas en otro lado: el análisis de la red de telefonía en el entorno de A Pobra do Caramiñal en las fiestas de agosto.

La labor la realizan guardias civiles del grupo de apoyo técnico de la UCO (varios, ingenieros de telecomunicaciones) que, a partir de los datos que tienen, y con el análisis sobre el terreno del comportamiento efectivo de las diversas antenas, en las condiciones de saturación que se dan en las fiestas, logran reproducir, a través de una metodología de elaboración propia que tiene mayor precisión que los datos de las operadoras, dónde se hallaba el terminal de Abuín Gey en cada momento. El análisis de la memoria interna del teléfono de Diana, recuperada por una empresa israelí, permite cruzar esos datos con la localización del terminal de la chica. Ambos se sincronizan a su vez con las imágenes captadas por las cámaras de vigilancia de un vehículo compatible con el Alfa Romeo que utilizaba Abuín Gey. A la vuelta del verano, todos los indicios apuntan ya en su contra: sólo falta terminar de armar los informes, con el soporte técnico necesario para que sirvan como prueba, y diseñar la estrategia para derribar su última defensa: la coartada que le proporcionan sus familiares y que le ha permitido resistir hasta ese momento, sin inmutarse, los embates de los investigadores.

El ataque que lo precipita todo

En diciembre de 2017 la estrategia está diseñada y el material casi a punto, pero la causa sigue sobreseída y para instar su reapertura hay que cerrar todos los flecos. No es prudente ir a por un sospechoso que ha exhibido sangre fría, y aun anticipación de los movimientos de los investigadores, sin tener la seguridad de que se le va a poder derrumbar. La operación se plantea para enero de 2018, pero entonces sucede algo que lo precipita todo. Abuín Gey se siente lo bastante seguro, o la pulsión que le mueve es tan irresistible, que en la noche del 25 de diciembre asalta en Boiro a una joven que aparenta alrededor de 20 años (la misma edad de Diana, poco más que la de su cuñada), aunque en realidad tiene algunos más. Todo le sale de la peor manera posible: de forma accidental e involuntaria, la chica graba parte de la conversación con su móvil, se resiste a que se lo quite y, aunque logra meterla en el maletero, aparecen en el lugar dos personas que se van hacia él y lo ponen en fuga. Le toman la matrícula, la chica se queda con su cara y reconoce sin ninguna dificultad los incisivos característicos que le identifican.

El mismo día 26, tan pronto se produce la identificación, el equipo de seguimientos de la UCO sube a Galicia para mantener bajo control al sospechoso. No escatiman medios: llevan 12 coches y un despliegue como jamás han hecho. En esta ocasión el reto es que bajo ningún concepto los detecte, en tanto se prepara lo necesario para detenerlo. Y lo consiguen, hasta la mañana del 29 de diciembre, en el que La Voz de Galicia publica una información que habla de 30 agentes de la UCO presentes en la zona para diligencias relacionadas con el caso de Diana Quer. El objetivo no da el tipo de lector de periódicos, pero no hay tiempo que perder: todo se precipita y poco después de las 10 de la mañana se le detiene en el centro de fisioterapia al que acude a recuperarse de una lesión. A continuación, con él en el coche, los agentes van a su casa. Sacan primero a su hija de 13 años, a la que encomiendan al cuidado de los abuelos paternos, y después a su mujer, esposada e imputada por la desaparición de Diana, de la que ya han informado a Abuín Gey que se le acusa junto con el asalto fallido a la joven de Boiro.

72 horas sin fallos

A partir de este momento, empiezan a correr las 72 horas en las que los agentes son conscientes de que no pueden fallar. Se publicará luego que se les han cancelado las vacaciones: es cierto que la mayoría disfrutaba del permiso navideño, pero ni uno solo ha dejado de renunciar a él en cuanto ha sabido lo ocurrido; cualquiera de ellos se pelearía con quien hiciera falta por estar ahí. Incluido el fordiano que abre este relato, de origen gallego y que descansa con su familia no lejos de allí. También renuncia a sus vacaciones un capitán de la sección de análisis del comportamiento delictivo de la unidad técnica de policía judicial de la Guardia Civil, que se desplaza a la zona para apoyar en los interrogatorios. La estrategia es sencilla y compleja a la vez: la secuencia es, primero, tratar de despojar de la coartada a Abuín Gey, logrando que su esposa y sus cuñados dejen de darle cobertura; luego toca abordar al sospechoso, lograr que admita su autoría y, finalmente, hacerle revelar cómo y dónde se deshizo del cadáver. Sin cuerpo, las opciones de que alguien responda por un homicidio quedan seriamente comprometidas.

Llevar todo eso a buen puerto es lo difícil: por el perfil del sujeto y por cómo se han comprometido sus familiares en protegerle. Sin embargo, la resistencia de los cuñados y de la mujer se viene abajo enseguida. En interrogatorios de poco más de 15 minutos admiten que no estuvieron con Abuín Gey y que mintieron para cubrirle. No hace falta ponerles el audio de la chica de Boiro, como se publicará luego en algún medio: basta con hacerles ver que no están tapando una de las fechorías habituales de su marido y cuñado, sino un homicidio y lo que eso representa, y a dónde los puede llevar, en todos los sentidos. Una vez que han desmantelado esa primera línea de defensa, se enfrentan al hueso duro de roer. Abuín Gey se muestra nervioso y muy hablador desde el momento de su detención. Niega ser el culpable, les dice que se equivocan, pero parece empeñado en eclipsar con su verborrea lo que teme que se cierne sobre él. Cuando comprueba que sus encubridores han dejado de serlo, no puede no darse cuenta de que su cuento se viene abajo.

Ahí es donde viene la primera confesión. La que presta ante su abogado el sábado 30 a la una del mediodía. Donde admite, al fin, que mató a Diana, pero alega que fue accidentalmente, al atropellarla con el coche. Añade que luego cargó el cuerpo en el maletero y tras deshacerse de él en un descampado cercano («la deposité», matiza, cuando le preguntan dónde la tiró), volvió y la arrojó a las cuatro de la mañana a la ría donde apareció el móvil. Es este dato preciso (recogido en alguna información de prensa, y utilizado por Abuín Gey en su afán por armar, a fin de exculparse, una versión que se corresponda lo más posible con lo que cree que saben los investigadores), una de las piezas que permitirá desmontar su historia. Porque en realidad el móvil de Diana se apagó 78 minutos antes. Esa señal de la antena a las cuatro fue la última búsqueda que esta hizo del terminal, antes de darlo por definitivamente desconectado de su área de cobertura.

Con este detalle y otros, y la previa observación del carácter del sujeto (con escasa empatía, gran preocupación por su propia imagen y un fondo de baja autoestima), se lanza el asalto final, que lleva a su confesión del lugar donde está Diana. El equipo que la consigue está formado por un capitán de la UCO de larga experiencia en interrogatorios, un guardia de la unidad de Policía Judicial de La Coruña que conoce al sujeto de antiguo por sus actividades vinculadas al narcotráfico y el capitán psicólogo de la sección de análisis del comportamiento delictivo. Experiencia, familiaridad y análisis científico combinados para elaborar una estrategia que no está escrita en ningún protocolo, que se diseña en tiempo real y a la medida del individuo y que en sus pormenores permanece como secreto profesional.

El hecho es que a la una de la madrugada del día 31, nuevamente con la presencia y la asistencia de su abogado, José Enrique Abuín Gey, que mantiene que la muerte fue accidental y por atropello, accede a revelar dónde arrojó el cuerpo de Diana Quer, aunque sabe que está desnudo y quizá teme que encuentren las bridas con las que presuntamente le sujetó las muñecas, lo que casa poco con su aseveración de que no hubo agresión sexual.

Pasadas las cinco de la mañana del 31 de diciembre, en una nave abandonada de la parroquia de Asados, en Rianxo, muy cercana a la vivienda de los padres de Abuín Gey, un perro de la Guardia Civil especializado en la localización de restos humanos se sienta sobre la tapa del aljibe que previamente ha señalado el presunto autor de la muerte de Diana Quer. Este ha guiado a los guardias civiles hasta la nave con un talante casi dicharachero, muy locuaz y sin dejar de advertirles en todo momento de las precauciones que deben observar en la conducción a lo largo de la ruta: una curva en la que puede haber hojas que hagan la calzada resbaladiza, e incluso, en el colmo de la paradoja, dónde hay un radar para que no cace al conductor de la Benemérita en un exceso de velocidad.

Tras su confesión, a José Enrique se le ve casi aliviado. Les dirá a quienes lo han detenido que se siente bien tratado por ellos, que no tiene ninguna queja, y que gracias a ellos se ha quitado un peso de encima.

En el aljibe se encuentra el cuerpo de Diana Quer, en mejor estado de conservación de lo que cabía esperar al cabo de 500 días, gracias a haber permanecido sumergido, a temperatura relativamente baja y con poca exposición a la luz.

A primera hora de la tarde, el homicida confeso está de vuelta en el calabozo de la comandancia de la Guardia Civil de La Coruña. Su mujer, gracias a su confesión, ha quedado en libertad con cargos. Los hombres que han estado año y medio tras su rastro y que han llegado a desarrollar, casi de forma artesanal, técnicas ad hocpara poder llevar a buen puerto su imputación (para poder vigilarlo, para reconstruir su itinerario o para lograr que se desmorone y confiese dónde está el cadáver que va a marcar la diferencia en el enjuiciamiento del caso), se aplican a escribir, contrarreloj, todos los informes necesarios para entregarlo a la mañana siguiente a la autoridad judicial.

Paran a medianoche para cenar y tomar las uvas; lejos de sus familias, pero con el apoyo de muchos de los guardias civiles de la comandancia de La Coruña, que se acercan con sus mujeres e hijos a acompañarlos. Tras las campanadas, siguen redactando sus informes hasta las cinco de la madrugada. Cuando se pongan en marcha con el detenido hacia el juzgado, al que llegarán a las nueve de la mañana, una hora y cuarto antes de que venza el plazo legal, llevarán ya tres noches sin dormir. Es lo que tiene ser capaz de perseguir y perseguir, como Ethan Edwards.

Solo en su calabozo, sin reloj ni móvil que le permita saber cuándo cambia de añoJosé Enrique Abuín Gey, también lejos, por motivos distintos, de su hija y su mujer, celebra, es un decir, la que debe de ser la Nochevieja más oscura de su vida.