El escritor soriano ha ganado el Premio de la Crítica de Poesía por 'Sin ir más lejos'

Setanta

Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, 1963), profesor de lengua castellana y literatura y soriano militante, es poeta y acaparador de premios. Sin ir más lejos(Hiperión) le sirvió en bandeja, el pasado sábado, el de la Crítica. “Tiene para mí una significación especial por su prestigio”, dice.

¿Qué libro le hizo querer ser poeta?

Fue por amor, no recuerdo ningún libro en especial.

¿Cuál ha sido el último que le ha gustado?

Varios, por no ser injusto con los colegas, no me decantaré por ninguno.

¿Qué libro de poemas no pudo terminar?

Tantos…pero prefiero pensar en los que he leído muchas veces.

¿Qué libro o poesía ajeno le habría gustado firmar?

Pedro Páramo.

Acaba de recibir el Premio de la Crítica por Sin ir más lejos por su “calidad de expresión y su estética limpia y sencilla que aspira a convertirse en la conciencia de lo que es la vida, el tiempo y siempre enraizada con la tierra castellana”. ¿Cómo se queda?

Me quedo estupefacto. Es verdad que vengo de la austeridad del Arcipreste de Hita y Jorge Manrique, que procuro ceñirme al castellano purísimo de Santa Teresa o Fray Luis de León, pero ni me acerco a lo que busco y generosamente me atribuyen. En general soy un versificador más bien chino, de la dinastía Tang, of course.

Este no es su primer premio pero ¿tiene una significación especial para usted?

Naturalmente, por su carácter, prestigio y trayectoria.

¿Se puede vivir solo de la poesía? ¿Le gustaría?

Vivo sólo para la poesía y me parecería peligroso vivir de ella.

Si no fuera poeta le habría gustado ser…

No llego a poeta ni por asomo, a lo sumo a versificador. Lo que me gusta es la agricultura, que es de donde viene lo de verso, de la labranza.

¿Está más abandonada Soria o la poesía?

Sin duda alguna, Soria, condenada a la desaparición salvo milagro institucional. La poesía atañe a la especie humana y acabarán juntas; ha gozado de siempre de una mala salud de hierro, hoy en día incluso amenazada por un exceso de vigor y picores juveniles que puede ser letal.

¿Qué pieza musical escogería como autorretrato?

Igual que Gil de Biedma quería ser poema, me gustaría convertirme, por ejemplo, en la Sonata a Kreutzer con Anne Sophie Mutter al violín.

¿Cuál es el suceso histórico que más admira?

Que un emperador romano escribiera las Meditaciones.

¿Trasnochar o madrugar?

Ahora mismo, ninguna de las dos cosas.

¿Qué está socialmente sobrevalorado?

La apariencia.

¿Qué encargo no aceptaría jamás?

Mentir, robar o matar.

¿Qué poeta merecería un premio Nobel?

Adam Zagajewski, sobre todo por su prosa.

Se publica una amplia antología del escritor Caupolicán Ovalles, símbolo de aquella época en que Venezuela disfrutaba entre alcohol de su riqueza.

El poeta venezolano Caupolicán Ovalles (1936-2001).

Decía que en la vida se tienen dos familias: aquella en la que se nace y a la que hay que soportar, y otra, la de la calle, que es la que se escoge y a la que se ama. Él, desde luego, hizo honor a esa afirmación. Él fue el poeta venezolano Caupolicán Ovalles (1936-2001) y su familia callejera, un grupo de escritores como él, vividores, bebedores, ociosos, estrambóticos, a los que alguna vez llegaron a prohibirles la entrada a los bares.

De Caupolicán Ovalles, menos conocido aquí de lo que debiera, por culpa nuestra pero también por su propio desinterés por la promoción de su obra, se acaba de publicar En (des)uso de razón (Rayuela), volumen que, junto a la antología de sus versos, recoge numerosos textos (entrevistas, análisis, semblanzas) que sitúan al poeta en su circunstancia. El libro se acaba de presentar en Madrid, continuando una labor de difusión emprendida por su hijo Manuel, en la que ha habido presentaciones en Caracas y Miami a cargo, respectivamente, de los venezolanos Rodolfo y Boris Izaguirre, padre e hijo.

 

En Madrid participó J. J. Armas Marcelo, que trató a Caupolicán desde los años 70 y que en su contribución al volumen recuerda a aquel grupo literario y revoltoso de verbalistas geniales, dueños de "una poética tan inextricable como inquietante", que "no creían demasiado en el valor de la literatura". "Podían ser la generación de los 50 de allí; por la amistad que cultivaron, por lo bebedores, por lo que provocaban en la sociedad, explica Armas Marcelo.

"Le podían dar un palizón al embajador español de entonces, José Vicente Torrente, hablando de literatura española", añade. "Y Caupolicán era el Padre de la Patria; un bon vivant caribe, muy afrancesado. Y de trabajar, nada, ninguno. Vivían de subvenciones, de lo que habían hecho bien los mexicanos, como editoriales, etcétera".

Eran buenos tiempos para el país, que justifican el nombre que le da Armas Marcelo: La Venezuela saudí. "Eran los más ricos de América, los que más bebían, los que más hablaban. Eran muy libres; cometieron muchos errores, pero vivieron una vida sensacional. Caupolicán tenía una rebeldía muy atractiva y unos recursos contra el poder que los subvencionaba".

"Las discusiones eran siempre sobre tres cosas", recuerda Armas Marcelo: "Política nacional, mujeres y literatura. Se podía llegar a las manos discutiendo un poema. A varios se los tragó el alcohol. Se agotaban en el talento verbal, que es mucho más grave que el facilismo".

"Necesitaba ser amado y tener gente alrededor. Tenía un carisma impresionante; tenía verbo, presencia y humildad; era atento, cortés, agradable, muy culto, leía seis u ocho horas al día", le recuerda su hijo Manuel, para quien "lo más grande de su literatura pudo ser lo oral".

A Ovalles se le ha relacionado con la antipoesía de Nicanor Parra. Desde luego, el grupo literario del que fue uno de los miembros destacados, El Techo de la Ballena, es, al decir de su hijo, "un movimiento que baja al pueblo, haciendo literatura con el lenguaje urbano; es un lenguaje absolutamente citadino, alejado de la literatura burguesa o de los cánones tradicionales".