SANTIAGO DE CHILE.- Chile acudirá este año con una representación récord al festival Ventana Sur, el principal mercado audiovisual de América Latina, que se celebrará en Buenos desde el 27 de noviembre hasta el 1 de diciembre.

Los miembros son alrededor de sesenta profesionales, entre productores, directores y autoridades, supone la delegación chilena más grande del año en mercados audiovisuales internacionales y da cuenta del buen momento que vive en este país la industria del séptimo arte.

En esta novena edición de Ventana Sur, a la que asistirán cerca de 300 compradores y vendedores de los cinco continentes, serán presentados cerca de cincuenta filmes y proyectos chilenos en las principales secciones y espacios del encuentro, además el país contará con un gran stand de promoción en este certamen, que fue creado por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de Argentina y el Marché del Film del Festival de Cannes, con el apoyo de Europa Creativa.

El Consejo Nacional de la Cultura y el Arte (CNCA) y la marca sectorial CinemaChile prestarán su apoyo para la promoción exterior de la oferta que se presenta de películas chilenas en formatos como ficción, documental, horror, animación y realidad virtual.

EFE

La suspensión del premio de novela Rómulo Gallegos y de la gira de la Orquesta Juvenil de Venezuela por Estados Unidos evidencia la crisis del sector en el país sudamericano

Ensayo del director Gustavo Dudamel con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar el pasado marzo en el Palau de la Música de Barcelona.

Ensayo del director Gustavo Dudamel con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar el pasado marzo en el Palau de la Música de Barcelona. 

Madrid / Caracas 

“¿Culta?”, se preguntaba en 1980 sobre Caracas el escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez, uno de los tantos intelectuales del continente que habían llegado a la capital venezolana expulsados por las dictaduras y atraídos por las oportunidades de la suntuosa economía del país sudamericano, llamado por entonces la Venezuela Saudita. “Es verdad, si el adjetivo se mide con el termómetro de las convenciones”, se respondía Martínez, “hay seis grandes salas de conciertos, siempre pobladas; cuatro museos de alto nivel y una decena de museos menores consagrados a salvaguardar la memoria nacional; siete universidades y unos 10 institutos de altos estudios; seis orquestas sinfónicas, más de 20 salas de teatro en actividad y un festival babilónico —el mejor del mundo—”.

Varias décadas después y tras una larga sucesión de crisis de distintos Gobiernos, agudizada durante el mandato de Nicolás Maduro —elegido en 2013—, queda muy poco del país que sedujo en los años cuarenta y cincuenta al escritor cubano Alejo Carpentier o al joven periodista Gabriel García Márquez, así como un par de décadas más tarde al propio Tomás Eloy Martínez o al gran crítico literario uruguayo Ángel Rama, entre otros.

 

Este año las instituciones culturales venezolanas han presentado graves síntomas de decadencia. Primero fue el anuncio del Ministerio de Cultura en junio que decretó la suspensión por falta de fondos del premio de novela Rómulo Gallegos, el más importante de la región. Después llegó la cancelación en agosto de una gira por Estados Unidos de la afamada Orquesta Juvenil de Venezuela, dirigida por Gustavo Dudamel. Maduro ha acusado al músico de hacer política tras criticar este la muerte de un joven violinista durante la ola de protestas antigubernamentales que entre abril y julio causaron más de 120 muertos y cientos de heridos.

El Rómulo Gallegos, que en sus mejores años galardonó a Mario Vargas Llosa (La casa verde, 1967), Gabriel García Márquez (Cien años de soledad, 1972) o Carlos Fuentes (Terra Nostra, 1977), había dado las primeras señales de preocupación en 2015, cuando el ganador en esa oportunidad, el escritor colombiano Pablo Montoya, tuvo que esperar más de medio año para recibir los 100.000 dólares de la distinción. “Hay premios sin dote económica, como el Goncourt en Francia. El escritor no recibe casi nada, un cheque de uno o diez euros, pero en cambio se le ofrece una difusión espectacular que garantiza que el escritor tenga una gran retribución”, reflexiona Montoya en un correo electrónico sobre la suspensión de este año. “El Rómulo Gallegos podría hacer algo parecido, pero la crisis que padece Venezuela no permite nada en estos momentos. Es un país, en cierta medida, al garete”, concluye.

Roberto Hernández, presidente de la institución estatal que dirige el premio y quien confirmó en junio su aplazamiento, admite en una conversación por chat que han considerado adoptar el modelo del incentivo simbólico del Goncourt, aunque “solo de modo informal”. Con una inflación del 2.200% proyectada para este año y una caída de 7,4% del PIB, según el Fondo Monetario Internacional, así como la prohibición de Washington de comprar bonos y deuda del Gobierno de Venezuela y la petrolera estatal, PDVSA, la entrega del premio parece el menor de los problemas del país sudamericano. Pero es un claro síntoma de estos.

Las dificultades presupuestarias se han sumado al viejo lastre de la política. Leonardo Azparren, exdirector de la otrora célebre Monte Ávila, cuyas colecciones incluyen las obras más importantes de la literatura y el pensamiento latinoamericano, describe en un intercambio de correos la deriva de esta editorial estatal: “Después de la gestión del profesor Alexis Márquez Rodríguez [la última antes del chavismo], cambió poco a poco su política editorial para hacer énfasis en ediciones ideológicamente afines con el régimen del teniente coronel Hugo Chávez”. Azparren se refiere a títulos como Bush vs. Chávez. La guerra de Washington contra Venezuela (2006), de Eva Golinder; Ser capitalista es un mal negocio. Claves para socialistas (2007), de Haiman El Troudi; o Kirchnerismo. Desde las tensiones estructurales hacia la construcción del futuro (2012), de Jorge Capitanich.

El académico de la Universidad Central de Venezuela lamenta que Monte Ávila perdiera “su lugar casi hegemónico en el mundo editorial” del país sudamericano e, incluso, la tienda que tenía en el teatro Teresa Carreño, que “desapareció para ser una más de una red de librerías del régimen”. Al igual que este local, los deteriorados salones del teatro han sido usurpados y han dejado de ser una escala obligatoria en el circuito internacional de la música clásica, como lo fue hasta los años noventa, para acoger mítines políticos afines al oficialismo.

Un soldado venezolano monta guardia ante el teatro Teresa Carreño durante la celebración de la cumbre de la OPEP en Caracas en 2000.
Un soldado venezolano monta guardia ante el teatro Teresa Carreño durante la celebración de la cumbre de la OPEP en Caracas en 2000. AP
 

Uno de los actos más recientes celebrados allí fue uno de los del ciclo Todos Somos Venezuela, unas jornadas de repudio al cerco político y económico de la comunidad internacional contra el país ante la deriva autoritaria del régimen. El pasado agosto el Gobierno instaló contra viento y marea una Asamblea Constituyente conformada solo por chavistas que se ha autoproclamado la máxima autoridad y se ha arrogado las funciones del Parlamento democrático de mayoría opositora.

Pese al declive de las instituciones, el chavismo tuvo el propósito de ampliar el acceso a la cultura en un país en el que este era un privilegio de las clases media y alta. Chávez inauguró en 2007 una imprenta que puede producir a diario unos 60.000 libros, revistas y periódicos. Según el Ministerio de Cultura, solo esa institución publicó 11 millones de ejemplares en 12 años, de 2004 a 2016. El país pasó también en el mismo lapso de editar cuatro títulos al año por cada 100.000 habitantes a alrededor de 12, de acuerdo con datos del Cerlalc, el organismo regional de fomento de la lectura.

Pero comparado con otros países, esto apenas representa el 1,7% de la producción de toda América Latina, en la que Venezuela ocupa el noveno lugar en número de ediciones. Y el porcentaje de lectores entre 2008 y 2012 —los últimos datos contrastables disponibles— apenas aumentó dos puntos, pese a la onerosa inversión estatal, según la investigadora venezolana Gisela Kozak.

El periodista Manuel Silva-Ferrer, investigador asociado al Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Libre de Berlín, señala en el libro El cuerpo dócil de la cultura que el balance de la gestión chavista es contradictorio porque el Estado y el mercado han impuesto restricciones que limitan y encarecen el acceso a la cultura. Muchos intelectuales además han migrado del sector público al privado, en “un fenómeno propio de regímenes totalitarios”, afirma Silva-Ferrer en una entrevista telefónica.

Se trata justamente de lo que sucede en el Sistema Nacional de Orquestas, un exitoso programa de formación musical del Estado del que se benefician más de 300.000 menores, la mayoría de escasos recursos. “Ciertamente, el grado de control político sobre el Sistema ha aumentado notablemente, aunque esto es apenas visible fuera, ya que su postura siempre ha sido evitar las declaraciones políticas y alinearse tácitamente con cualquier partido o político en el poder, por lo que apenas ha sido silenciado”, afirma en un intercambio de correos Geoffrey Baker, profesor de la Universidad de Londres y autor de El Sistema. Orquestando a la juventud venezolana. “El impacto es mucho más sottovocedeserción significativa de personal en todos los niveles de la organización”, agrega.

 Además de la gira suspendida en Estados Unidos, la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela también dejó en el aire una serie de conciertos en julio en Bogotá. El investigador Baker precisa: “Si el Sistema se encuentra estrechamente vinculado al declive del chavismo, es porque estuvo muy atado a este durante los buenos tiempos de los altos precios del petróleo y la popularidad del Gobierno. Y hace 10 años, el mundo lo amaba”.

ARTISTAS CERCADOS ENTRE EL APOYO DEL ESTADO Y EL SECTOR PRIVADO

La doctora Victoria L. Rodner, profesora de Márketing en la Fundação Getúlio Vargas de São Paulo y quien ha investigado la industria cultural en Venezuela, resume en tres puntos la política del chavismo frente a las artes plásticas. “Los museos prefieren los espectáculos colectivos y acogen macroexhibiciones donde cualquier hijo de vecino está incluido”, señala en una investigación, en la que subraya el desprecio total por las comisarías o curadurías, lo que, entre otras cosas, ha conducido a una sangría de profesionales hacia el sector privado. “El arte popular llega a las calles del país, de modo que la iconografía nacional decora los murales en toda Venezuela, con lo que se proyecta un fuerte sentido de identidad, de patriotismo, así como un mensaje político”, advierte en segundo lugar. Y concluye: “La participación internacional en eventos artísticos como la Bienal de Venecia [cuya asistencia es financiada por el Gobierno] representa o describe una identidad étnica y colectiva para que todo el mundo la aprecie”.

“Venezuela tiene un pabellón permanente en un espacio envidiable”, agrega por teléfono Rodner sobre la Bienal de Venecia, el evento de arte contemporáneo internacional por excelencia. “Y solamente van los artistas avalados por el Gobierno. [El problema es que ellos] quieren tener un doble apoyo, del Estado para ir a la Bienal y de las galerías venezolanas para exponer su trabajo. Pero si van a Venecia, las galerías dicen: ‘Ah, bueno, ese es chavista, yo no voy a presentar sus cuadros”.

El escritor colombiano, integrante de la prestigiosa lista Bogotá39, presenta en España su última novela, 'El diablo de la provincias'

El escritor Juan Cárdenas

"¿Te has duchado a oscuras alguna vez?". En El diablo de las provincias(Periférica), última novela de Juan Cárdenas, que ahora presenta en España, un díler que surte de marihuana al protagonista le cuenta que, completamente colocado, tiene visiones al ducharse en la oscuridad. El propio Cárdenas (Popayán, 1978) también se daba duchas a oscuras, pero en los noventa, cuando Colombia sufría racionamiento de electricidad.

“Cuando se cometen atrocidades, la confusión favorece a la impunidad”

“Me gustaba la idea de que a este díler, a este personaje marginal, no se le niegue la complejidad al verlo desde fuera, retratar una conciencia propia, aunque sea con esta técnica de meditación plebeya”. El díler es uno más de los personajes a los que Cárdenas da voz en su última novela, protagonizada por un biólogo que regresa a Bogotá y a la pequeña ciudad en la que creció.

La vuelta a la tierra de la infancia es algo que Cárdenas vivió en primera persona, tras dejar Madrid en 2013 rumbo a Colombia. Al volver a su ciudad natal, el biólogo de la novela encuentra miseria y falta de educación, un imparable choque entre su mentalidad racional y una religión que empapa la sociedad que le rodea, y fuerzas brutales y violentas que parecen guiar a las personas. Pero esa es la historia del biólogo. ¿Qué encontró el propio Cárdenas al volver a Colombia? “Todavía lo estoy descifrando”, dice tomando aire. “Estoy en el proceso de construir críticamente mi propia mirada. La experiencia del exilio genera normalmente una actitud de rabia que contamina esa mirada. A veces la rabia es salud, pero te impide ver matices”, confiesa. “Me siento felizmente expatriado de una realidad que intento descifrar”, y se encoge de hombros.

Juan Cárdenas: “El exilio genera una rabia que contamina la mirada”
 

Volvamos al asunto de la religión, omnipresente en la “ciudad enana” a la que vuelve el biólogo. “No es una denuncia frontal a la religiosidad, eso sería banalizar la situación”, explica. “Lo que intento es señalar la realidad compleja, en la que los lazos de la religiosidad popular, la economía y la cultura crean muchos sustratos del relato que nos rodea. Las fuerzas reales a las que se enfrenta un sujeto, como el biólogo, sensible a los indicios, son brutales”, explica. “La novela es la historia de alguien que se mide a esas fuerzas y actúa en cosecuencia”, resume.

La lucha por el relato

La muerte del hermano del protagonista, envuelta en el misterio de su propia sexualidad, tiene dos posibles explicaciones: un crimen pasional o un ataque. Muerto en cualquier caso, “no es lo mismo una riña entre bujarrones que ser víctima de un atentado marxista”. La madre del protagonista, ni que sea inconscientemente, opta ante la ausencia de evidencias por la segunda opción.

En casi todas las novelas de Cárdenas, integrante de la prestigiosa lista de talentos literarios Bogotá39, hay una reflexión constante sobre el relato que nos domina y nos termina por definir. “Las sociedades son máquinas productoras de relatos”, explica. “En América Latina, por ejemplo, hay un trabajo de formar un relato legible contra las dictaduras. En el caso de Colombia y Centroamérica es distinto: las fuerzas con atrocidades más terribles han construido muchas máscaras y pulverizan los relatos, ramificándolos. Es imposible orientarse en ese espacio”. Y cita el caso de los 43 de Iguala: “Hay quien culpa al Estado, a los narcos, a la policía cómplice, pero también hay un pueblo que calla… Al final, toda esa confusión favorece a la impunidad”. “En estos países, los agentes de destrucción son más astutos a la hora de construir el relato y claro que, como dice Fernando Vallejo, hay que ponerle nombres propios a la infamia, pero la realidad es mucho más compleja”, cuenta.

"Hoy me siento expatriado de una realidad que intento descifrar”

De aquí y de allí, Cárdenas señala las similitudes entre el sur de Europa y Latinoamérica. “Personalidades abigarradas, promiscuas, con una enorme simultaneidad entre lo arcaico y lo moderno, y donde la verdadera modernidad va a contrapelo, ahondando en las cosas antiguas”. Y habla de que los pensamientos de la anciana que le vendía ispis fritos en el lago Titicaca son los mismos de la de una anciana en una aldea perdida en Portugal, país que visita siempre que puede.

Uno de sus personajes de la novela dice que a veces la vida va mejor si uno deja de darle vueltas a las cosas y se concentra en su trabajo. ¿Suscribe la frase el propio Cárdenas? “La novela funciona como fábula. Sobre la claudicación ante unas fuerzas, sobre seguir o no tu instinto. En ese contexto, ese no buscarse problemas vale para hacer funcionar algunas cosas. Ahora, ¿qué opino yo? Lo que yo opine es irrelevante”.

La primera actriz Francis Rueda obtuvo el Premio Nacional de Teatro 2017 por sus méritos, su momento de plenitud artística, y su figura como referente en la escena venezolana gracias a una sólida trayectoria de 52 años en cine y televisión.

 

La actriz Francis Rueda fue galardonada con el Premio Nacional de Teatro, de acuerdo con el veredicto del jurado conformado por Dilia Waikarán, José Gregorio Cabello Patiño y Aura Rivas. 

 

En 1965, a los  16  años de  edad,  se inscribió en la Escuela Superior de Artes Escénicas Juana Sujo,  dirigida por Porfirio Rodríguez, ubicada en los altos del Teatro Nacional, porque entendió  que  su razón   de ser   estaba dentro  de esa caja mágica  que  es el escenario  para poder vivir otras vidas, y afrontar los  desafíos  del oficio teatral.   Poco después,  hizo su debut  en “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, de Federico García Lorca.

Más de cien obras de teatro, 15 largometrajes, y numerosas telenovelas, reafirman su inquebrantable  decisión de  no abandonar  jamás  su profesión mientras  le queden fuerzas para cumplir con sus  agotadoras exigencias, razón por la cual  Rueda en 52 años de  carrera artística acumula todo tipo de galardones en el teatro, el cine y la televisión gracias a la pasión y excelencia  con que aborda los personajes que le han tocado personificar con  la fuerza y el vigor de su versatilidad  interpretativa.

Hace poco,  recibió  un reconocimiento especial de la Escuela Nacional de Artes Escénicas César Rengifo.   A la par,  de formar  parte del elenco permanente de la nueva  etapa  de la Compañía Nacional de Teatro, donde  ha  participado  en los montajes “Peludas en el cielo”, de Gustavo Ott (2016);  y en el transcurso del presenta año, en “El pez que fuma”, de Román Chalbaud; y “Troyanas Nuestras”, una inspiración  de  su  director, Costa  Palamides,  en los escritos de Esquilo, Sófocles y Eurípides.

Desde 1984 hasta 1989 ganó el Premio Municipal de Teatro, en virtud  de sus actuaciones  en  obras  como  Agnus Dei, de John Pielmeier (1984);  Las Paredes oyen, (1985); La Tempestad, (1986);  Una viuda para cuatro, (1987);  Te juro Juana que tengo ganas, (1988); Don Juan Tenorio (1989); y Premio Municipal de Teatro por su trayectoria (2005).

A  estos  galardones, se suman  el Premio Juana Sujo por su trayectoria (1988);  Premio Enrique Benshimol por El Burgués  gentilhombre (1988);  Premio Juana Sujo  por Don Juan Tenorio (1989);  Premio María Teresa Castillo por su  trayectoria (1989);  el Premio Nacional del Artista por El Campo (1992), y Oficina Nº 1 (1993).   Premio La Luna del Patio (CELCIT), por su trayectoria (1994);  Homenaje en los Festivales Internacionales de Teatro de Oriente y Occidente, por toda su carrera;  Premio  ANAC  2006, por su actuación en la película "El Caracazo", de Román Chalbaud;   En 2006, la Universidad Bolivariana de Venezuela  inauguró  una sala de teatro experimental que lleva  el nombre de Francis Rueda.  Otros  reconocimientos: Orden Andrés Bello, Mérito al Trabajo, en su primera clase.   Premio  de la  Fundación Fernando Gómez, en su tercera edición.  

En  su periplo teatral  ha  pertenecido al  Teatro Nacional Popular,   Fundación Rajatabla, Compañía Municipal de Teatro, Nuevo Grupo y  Primera actriz, durante  nueve  años,  de la Compañía Nacional de Teatro. Desde  hace  27  años, pertenece  a  la  agrupación Teatro del Duende, fundada en 1955, por Gilberto Pinto (Premio Nacional de Teatro 1999).

Para Francis Rueda,  el teatro es el sitio en el que mejor se siente  y  el Premio Nacional de Teatro  viene  a ser  un reconocimiento a su compromiso con la profesión y a su versatilidad en el escenario.

PANAMÁ.-  La Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) inauguró hoy en el metro de Panamá, el único de Centroamérica, una exposición que busca concienciar a la sociedad sobre las penurias que sufren las personas refugiadas en todo el mundo.

La exposición, que se titula “RefugiArte” y ya se ha exhibido en otros países de la región, está formada por medio centenar de obras de artistas latinoamericanos y “rinde homenaje al valor y la resiliencia de millones de personas refugiadas y desplazadas en nuestra región y en el mundo”, indicó Acnur.

La muestra, que cuenta con obras de 5 artistas panameños, se podrá disfrutar hasta el 13 de octubre próximo en la estación de Albrook, la principal terminal de transportes de la capital.

“Cada ilustración da testimonio sobre la odisea de las personas que huyen de la guerra, la violencia o la persecución, en muchos casos arriesgando su vida, cruzando mares o caminando miles de kilómetros hasta llegar a un lugar seguro”, explicó la agencia de la ONU en un comunicado.

Según Acnur, en 2016 una media de 20 personas por minuto se vieron obligadas a huir de sus hogares y buscar protección en otro lugar, ya sea dentro de las fronteras de su país o en otros países.

El año pasado el 55 % de la población refugiada del mundo procedía de Siria, Afganistán y Sudán del Sur, de acuerdo a la agencia internacional.

EFE