En la política no hay santos pero si principios o ausencia de éstos. Cuando han secuestrado, asesinado, violado o robado a alguien cercano y tal vez amado, eres presionado a tomar una decisión: aceptar que es normal y que no se puede hacer nada sino fluir en la pista, en su defecto, aislándote, o evitar que dañen a otros para que nadie más viva tu historia.

Para algunos de nosotros la política ha sido cara, la persecución es una constante expresa al no existir democracia, desconfiar es un pie de lucha porque el régimen parece quebrar tus círculos sociales y familiares, embaucarte en la compra de bienes y servicios que satisfagan las necesidades es la prioridad de cada día, fracturar tu familia con un divorcio o por migración se transforma en un tatuaje doloroso en el alma del ciudadano.

Cuando uno decide hacer política por vocación e internaliza que la misma debe alcanzar objetivos individuales y de la humanidad para que no sea un hobby banal, todo sacrificio tiene valor. Sí, existimos políticos dispuestos a dar todo, sabemos que no somos útiles ni presos ni muertos porque nuestra familia nos requiere, nos formamos e incentivamos a otros en la construcción de una Venezuela paralela que no se acostumbra al delito ni al crimen, acá hay ¡ética!

No queremos más presos políticos, falsas elecciones, beneficios sociales paupérrimos que compren tu voz, enfermedades prehistóricas, muerte por inanición, cogollos impositivos, calvarios de tortura para quienes razonan y crean, siembra de injurias, trampas mortales, soledad cruel, ira y frustración latente, depresión.

La política nos ha costado demasiado. ¡QUEREMOS JUSTICIA!