El régimen chavista ha optado por la violencia abierta. La transgresión a sus rituales y la amenaza contra sus personalidades han terminado con los escasos velos del disimulo y apariencia que quedaban. Ciertamente su mensaje había sido contundente: “ésta es una revolución pacífica, pero armada, no se equivoquen”. Pero desde el sábado 4, es más claro que nunca: Nacionales y extranjeros aténganse a las consecuencias, nos mantendremos en el poder a cualquier precio. Un nuevo decreto de “guerra a muerte” no declarada ha sido firmada.

La fachada “humanista revolucionaria”, esa narrativa según la cual ellos están cumpliendo con la misión mítica de hacer revolución para la redención de los pobres, idea que ha constado años de propaganda mitológica, se les ha derrumbado bajo el peso de la realidad. Llegó el momento de mostrarse tal y como son: el poder es lo único que importa.

El esperado “hombre nuevo”, que se suponía emergería de la primera generación educada en “revolución”, jamás apareció. En su lugar ha aparecido una diversidad de perfiles que oscilan entre la apatía y la indiferencia hasta una tropa de peligrosos delincuentes sin escrúpulos ni medida.

El desplome de la sociedad como sistema de convivencia no-violenta, nos precipita muy rápidamente hacia una violencia cotidiana desconocida, que gobernará lo esencial en las relaciones humanas. Transgredir, delinquir, defraudar, corromperse, son los rostros ácidos de esa violencia que se extiende con acelerada virulencia por todo el tejido social de la nación.

Las escasas alternativas no violentas que disponen los ciudadanos en estos momentos son la sumisión o la fuga migratoria. Someterse es una forma de no existir. Vivir sin opinión, callarse para no verse en peligro. Rebelarse en forma pacífica conlleva un alto costo. Desde la exclusión hasta la agresión personal, en muy diversas y crueles modalidades.

Luego del atentado del sábado 4 de agosto, pasado, el régimen ha reaccionado con la misma o mayor extrema violencia implicada el acto de intentar asesinar al presidente. Desde este sábado, ya no habrá lugar para matices. Sólo la muerte en cada uno de los dos lados podrá satisfacer en requisito de la paz. La manida frase del siglo XX, sin autoría conocida, ha regresado: La paz de los cementerios.

Ese es el giro peligroso al que ha optado el régimen chavista. Más terror contra el terror. La política ya puede despedirse. El Estado y la nación serán reducidos a un campamente de obediencia por sometimiento, donde todos los ciudadanos somos potenciales enemigos del régimen y de la “revolución”. Suficiente argumento para que nuestras vidas no valgan nada.

Giro peligroso el de sumergir al país en una serie dantesca de persecuciones, detenciones arbitrarias y “estado de sospecha” general. La tortura es más brutal cuando es ejercida abiertamente, sin disimulos, y difundida en forma de campaña de amedrentamiento. En una simple detención policial median maltratos como preludio de lo que sigue a los “interrogatorios”. Muestran un poco antes de interferir las cámaras.

La inmunidad parlamentaria y otros preceptos constitucionales son remedos que no tienen lugar en este escenario. El Estado de derecho es una pantomima “burguesa”. Así la llaman los “revolucionarios” para celebrar cada detención, cada tortura, cada muerte.

Es tiempo de Danton y Robespierre, personajes tristemente célebres de la fase del terror durante la Revolución Francesa. De eso se trata este giro peligroso, de dejar claro el mensaje: están cerradas todas las opciones democráticas de alternancia del poder. Sólo ellos, los “chavistas” pueden gobernar. El resto debemos someternos. “Si no te gusta, te puedes ir”. No hay más para elegir: o mueres lenta o precipitadamente o te vas del país.

Este es el momento para que la comunidad internacional juegue un papel más relevante de su breve historia. El papel de intentar impedir que este giro de extrema violencia por el que ha optado el régimen convierta la actual catástrofe humanitaria venezolana en una tragedia genocida como solución cotidiana.

Experiencias predecesoras la hay, la antigua Yugoslavia o la actual Siria, por ejemplo. Instrumentos de derecho internacional, también están disponibles. El régimen chavista debe ser completamente desconocido. Despojarle de todo tipo reconocimiento formal, para darle un ultimátum. Deben desalojar pacíficamente el poder y permitir una transición democrática permitiendo a sus ciudadanos votar libremente en elecciones confiables.

De lo contrario, la violencia terrorista y genocida será la protagonista cotidiana en este desafortunado país.

TAL CUAL

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