Por ahora el proyecto de la nueva constitución es el secreto mejor guardado de la República. Sus cancerberos lo mantienen bajo siete cerrojos en algún lugar tan recóndito como las tumbas del Sebin. Allí padece aislamiento y oscuridad sin permitírsele asomar ni la ceja de una letra ni intercambiar con el mismo pueblo para el cual se pretende, nada menos, que rija para siempre su destino.

A no dudarlo, Escarrá, es el privilegiado que puede acunarlo, entre velos negros, en sus expertas manos de tasajeador del derecho en cada visita destinada a imponerle el sello de su impronta desnaturalizadora. Ese es su “bebé de Rosemary”.

En otro capítulo para la antología universal del absurdo, ni los propios constituyentes que habrán de aprobarlo conocen un borrador de lo proyectado. Así se confirma que esa tropa además de espuria está destinada al ridículo papel de comparsa de ocasión. El escenario en el que deambulan ha sido fumigado con repelentes anti-dignidad. Esa virtud allí no entrará ni a martillazos.

El régimen cuyas lenguas taumatúrgicas no descansan tratando de convertir patrañas en verdades sacrosantas, el que domina casi omnímodamente el contenido del aparataje mediático y se ufana de sus satélites chinos y de otros grandezas tecnológicas comunicacionales de las cuales el pueblo no recibe en beneficios ni esto, no suelta prenda sobre el diseño del corset (in) constitucional y definitivo que significa su proyecto del nuevo texto totalitario.

Pero en cualquier momento va a derramarse sobre la población otro bombardeo propagandístico torrencial e inclemente como el que acostumbra el régimen cada vez que quiere imponer a romper y raja cualquiera de las etapas en la búsqueda del control total. Lo veremos, claro está, cuando crean llegada la hora para el nacimiento del fatal esperpento. Será un acoso mediático implacable, avasallador. Por tanto, imperdonable sería que la sociedad venezolana sea tomada otra vez en forma desprevenida.

A pesar de los 19 años de jactancia universal sobre la aprobación popular vía referéndum de la constitución del 89 (decir “la vigente” sería un exabrupto), nada le importará al régimen saltarse esta vez ese paso y tragarse todas las peroratas sobre su respeto a la soberanía popular, más si a ello no lo obliga la actual. Pero cabe, no obstante, la posibilidad de un referéndum y con ella surge otra vez el dilema opositor: ¿Acudir o no a las urnas de votación para cerrarle el paso a esta intentona arrasadora de lo que resta de sistema democrático en Venezuela?

La discusión es otra causa divisoria, una más, del ya bastante atomizado mundo opositor. Desde AD, Ramos Allup, ya dijo que no piensa quedarse de brazos cruzados si el régimen llama a un referéndum. Copei ya tiene la misma decisión tomada y la de Falcón resulta obvia. Pero los sectores opositores que se mueven en el exterior ya acusan el supuesto carácter de traición y colaboracionismo de cualquier participación, basados en la perversidad del sistema electoral, en abstenerse para no legitimar y, seguramente, en la espera de la tan manoseada intervención internacional.

Para la dirigencia opositora tratar de frenar la amenaza de esta constitución totalitaria representa un mayúsculo reto político en el que se juega la posibilidad del retorno a la democracia, pero también contiene la oportunidad de reagruparse y salir de la desmovilización en la que sumió la línea abstencionista. En modo alguno podría evadir ese debate y dejar de fijarle una línea clara de acción a la población, la chavista y la no chavista, sobre la unificación de esfuerzos que requiere la liberación de Venezuela del proyecto que la conduce al suicidio.

Si el régimen decidiera no hacer referéndum, quedarían al desnudo su temor a la voluntad popular y la precariedad de su ilegítimo sostén. Obligarlo a someterse a la consulta popular abriría otros senderos de lucha. Oponerse a la nueva constitución plantea, por encima de cualquier diferencia pasada, un objetivo unificador para encajarle una derrota al régimen. Ponerse en movimiento es lo imprescindible.

TAL CUAL