El conocimiento médico per se está identificado como uno de los determinantes críticos en el incremento de la expectativa de vida en el mundo occidental desde los años 50, hecho que se sumó al desarrollo de los sistemas sanitarios modernos en la posguerra. No es correcto atribuir tan notable impacto sobre la salud poblacional tan solo a la incorporación de tecnologías o la construcción de infraestructuras. En todos los sistemas sanitarios del mundo el conocimiento médico ha operado como una variable independiente de peso específico. Así por ejemplo, en Europa no es infrecuente ver cómo aún con infraestructuras antiquísimas – hospitales construidos hace siglos– se provea de prestaciones médicas de primer nivel, en tanto que en otras de construcción muy reciente –caso redes adscritas a la Misión Barrio Adentro– la asistencia sea francamente precaria. Aparte de la tecnología médica disponible, ha sido el conocimiento médico el factor diferenciador explicativo clave en tan distintos resultados.

En 2010, con ocasión del primer centenario del histórico informe de Abraham Flexner que tan profundo impacto tuviera en la educación médica, la Education of Health Professionals for the 21st Century, una comisión mundial de expertos en educación médica auspiciada por la Fundación Bill y Melinda Gates, hizo público el resultado de sus investigaciones señalando que “con demasiada frecuencia, se olvida que la producción de salud está basada en el conocimiento… Los profesionales de la salud, como intermediarios (brokers) de ese conocimiento, son los principales impulsores de tal avance”.
Enfocados durante casi dos décadas en el desarrollo de nuevas infraestructuras sanitarias y en la adquisición de tecnologías médicas de muy alto costo y especialización, en Venezuela hemos venido soslayando el carácter determinante que para el desempeño técnico de nuestra sanidad pública tienen el conocimiento y los profesionales “intermediadores” entre este y el objeto definitivo de la acción sanitaria centrado en la persona. Tal intermediación implica la formación y mantenimiento de un tipo de capital muy especial; especial por su carácter intangible, por su relativa escasez en el mundo y –descubrimiento este relativamente reciente– por su altísima transabilidad en los mercados globales.

Nos referimos al capital constituido por el personal sanitario profesional: médicos, enfermeras, odontólogos, bioanalistas, etc. Ellos son, en el contexto de la sociedad del conocimiento, los nuevos grandes determinantes del nivel de salud de la sociedad.

Ya podemos sentir al impacto que sobre los sistemas sanitarios públicos venezolanos está teniendo y tendrá a futuro la creciente descapitalización que en tal sentido viene acusando nuestro país con la notoria migración de profesionales sanitarios al extranjero, de los que se estima que no menos de 20 mil sean médicos.
Pasemos revista a tres exitosas políticas basadas en estrategias aplicadas por países decididamente orientados a reforzar sus respectivos stocks de competencias médicas apelando a las ventajas del mercado global: nos referimos a la homologación de títulos profesionales sanitarios ensayada por España para atraerse al mercado laboral médico hispanoamericano, a la contratación a través de mecanismos de tercerización de personal médico especializado propuesta por el Ministerio de Salud de Chile y al reconocimiento automático en el Perú de títulos profesionales emitidos por universidades venezolanas. En todos esos casos, una común estrategia parece clara: la del derribo deliberado por parte de esos gobiernos de aquellas barreras de entrada a personal altamente cualificado al mercado laboral sanitario local que históricamente han interpuesto intereses corporativistas (gremios médicos, etc) y que con frecuencia consagran incluso las legislaciones que norman el ejercicio profesional en tales países. En el caso chileno, se agrega a ello la estructuración de poderosos incentivos remunerativos que compiten incluso con estándares de algunos países de la UE.
A ninguna parte va Venezuela auspiciando la conformación de proletariados sanitarios cuyo mejor proyecto profesional y de vida sea emigrar. La globalización médica arrolló con creces la capacidad de comprensión y análisis de empleadores, sindicatos y colegios profesionales e Venezuela. Ningún joven médico, enfermera o profesional de la salud en general le apostaría hoy su futuro y carrera al contrato colectivo que pudiera suscribir por él su respectivo gremio. El contraste doloroso entre las nostálgicas fotografías del día de graduación en el Aula Magna de nuestra Universidad Central y las ya icónicas gráficas de los pies posados sobre ese “mosaico de las despedidas” en el que se convirtiera la obra del gran Carlos Cruz Diez en Maiquetía ha de movernos a una reflexión más allá de la “zona de confort” de gobiernos, gremios, sindicatos e incluso corporaciones de sector privado: o competimos en los términos de un mercado que ya es global o nos conformamos con lo que nos vaya quedando, un establecimiento médico constituido por profesionales cercanos al retiro obligados a convivir con otros de menores estándares de desempeño para quienes competir más allá del nicho que les proporciona una institucionalidad sanitaria devastada resultaría imposible.

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