Futuro

El siglo XX fue sin lugar a dudas el siglo de la urbanización: después de milenios de civilización durante los cuales la población rural prevaleció de manera abrumadora (todavía en 1950 el 70% de la población mundial vivía fuera de las ciudades), en pocas décadas la situación se ha revertido calculándose que para 2030 la urbana alcance ya el 60%.

Aunque ha sido un proceso polémico (todavía hay quien lo considera indeseable), de lo que no hay duda es de que es indetenible y urge acompañarlo respondiendo a la vez a sus contradicciones.

En entregas recientes esta columna ha intentado hacer seguimiento de las innovaciones que han ido incorporando muchas ciudades, latinoamericanas incluidas, para elevar su eficiencia, mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos y responder al que es quizá el mayor reto que encaran: la creciente desigualdad.

Las más visibles de esas innovaciones son las relacionadas con la movilidad, materia en la cual los sistemas prevalecientes, además de acentuar las desigualdades generan elevados niveles de gases de efecto invernadero, principal causa del acuciante calentamiento global, así como una creciente congestión que incide sobre la desigualdad social y lastra la eficiencia económica de la ciudad. El desarrollo de nuevos modos de transporte público tanto colectivo como individual, alimentados por fuentes de energía de bajas o nulas emisiones de carbono, ha adquirido un ritmo que ya parece indetenible al punto que algunos especialistas estiman que su pleno desarrollo podría reducir en un 80% el número de automóviles hoy en circula

A lo anterior se suman las estrategias para el desarrollo de formas alternativas de movilidad, como el estímulo a los desplazamientos peatonales y en bicicleta: París, por ejemplo, ya se ha dotado de 650 kilómetros de ciclovías y la vecina Bogotá toca los 400 recorridos cada día por más de 600.000 ciudadanos.

“Perreras”

Según el DRAE, una perrera es un “coche municipal destinado a la recogida de perros vagabundos o abandonados”. No sorprenderá entonces que ese sea el nombre con que se conocen los vehículos de carga usados como medios de transporte público en Ciudad Guayana, la urbe proyectada y levantada con visión futurista en la década de 1960 para alojar la industria que apalancaría la superación de nuestra secular dependencia de la renta petrolera.

Lo que parecía una incidencia lamentable pero localizada y seguramente circunstancial hoy no sólo se extiende a toda la nación sino que es bien vista y hasta apoyada sin rubor por las autoridades, indiferentes no sólo al maltrato al ciudadano que comporta sino incluso a las muertes que ya ha ocasionado.

Pero si se lo piensa bien, tal cosa no debería sorprender: este régimen, pretenciosamente autocalificado “del siglo XXI”, maneja desde hace casi 20 años el metro de Caracas, un sistema que en su momento fue la envidia del vecindario y que la desidia, la incompetencia y la corrupción han puesto al borde del colapso. Para no hablar de lo que ha hecho con los incipientes sistemas de transporte masivo de ciudades tan importantes como Valencia, Barquisimeto, Maracaibo y Mérida.

Es difícil creer que se trata de una política deliberada porque es difícil creer que tanta maldad quepa en la cabeza de un gobernante, pero esos son los hechos. Superarlos exige desplazar a los responsables pero también que sus sustitutos, a la par de abrir con audacia las puertas a la innovación tecnológica, tengan la densidad intelectual y la madurez política para identificar los cantos de sirena de la mitología tecnocrática.

TAL CUAL