Washington está dispuesto a ofrecer a Pyongyang “garantías diferentes” a las del pasado, según el secretario de Estado, Mike Pompeo

Trump, se dirige al Palacio de Istana para reunirse con el primer ministro singapurense, Lee Hsien, en Singapur, este lunes. En vídeo, las claves de la reunión. EFE/EPV

A solas, pero bajo los focos del mundo entero. El presidente de EE UU, Donald Trump, y el líder norcoreano, Kim Jong-un, tienen previsto comenzar este martes con un encuentro sin asesores su esperadísima cumbre en Singapur. Una reunión que rompe el casi total aislamiento internacional de Corea del Norte, cimienta el deshielo en marcha pero no despeja las graves dudas que rodean el proceso de desnuclearización. El arsenal es el seguro de vida para el régimen y queda por demonstrar su real intención de deshacerse de ello.

Trump llega a esta cumbre motivado. “Genial estar en Singapur, ¡gran excitación!”, tuiteaba a su llegada. El presidente estadounidense es animal televisivo, y esta cumbre, para la que se han acreditado 5.000 periodistas —el mayor número que Singapur haya visto jamás—, va a ser un éxito de audiencia. El placer de ser el primer inquilino de la Casa Blanca que estreche la mano de un líder de la familia Kim le estimula. “Valora más la cumbre por los beneficios que pueda suponer para su presidencia que por el contenido de las negociaciones”, opina Malcolm Cook, del Instituto de Estudios del Sureste Asiático (ISEAS).

El clima previo a la reunión era, inicialmente, mucho mejor que el que rodeaba los contactos de última hora en Charlevoix. Las negociaciones para cerrar los detalles de la agenda y el posible comunicado final avanzaban “muy rápidamente” y esperaban cerrarse “antes de lo previsto”, declaraba en una rueda de prensa el secretario de Estado, Mike Pompeo.

Ya el hecho de que la cumbre tenga lugar —es la primera entre un presidente estadounidense y un líder norcoreano— representa un éxito, tras los altibajos de la convocatoria, su cancelación y su reactivación. Corea del Norte, a través de su agencia estatal KCNA, ha indicado que se abordarán “puntos de vista amplios y profundos para relanzar las relaciones, parte de una era que ha cambiado”.

El tono estadounidense se ha ido suavizando gradualmente. La exigencia de un desarme “completo, verificable e irreversible” ya no es una condición previa, sino una meta a alcanzar, después de lo que la Casa Blanca ya acepta que va a ser un proceso más o menos dilatado. “Estas conversaciones fijarán un marco para el difícil trabajo que vendrá después”, ha dicho Pompeo.

EE UU y Corea del Norte emiten señales de optimismo antes de la cumbre histórica de Kim y Trump

Cómo pueda progresar ese proceso, si todo marcha como es debido y ninguno de los líderes rompe súbitamente la baraja, ha sido cuestión de debate hasta última hora. Sí parece, a juzgar por las declaraciones de Pompeo, que finalmente Washington ha aceptado la posición de Corea del Norte —respaldada por China y Rusia, las dos potencias que este fin de semana en una cumbre paralela al G7 hicieron una exhibición de su alianza— de que el camino al desarme nuclear se desarrolle por fases, en las que cada parte dé una serie de pasos antes de entrar en la siguiente.

Corea del Norte, sobre todo, reclama garantías sobre su seguridad. Garantías creíbles y de las que Estados Unidos no se pueda desdecir. Expertos como Shawn Ho, de la Escuela de Estudios Internacionales S Rajaratnam, apuntan que dada la escasa credibilidad de Washington —especialmente tras su retirada del acuerdo nuclear iraní— a la hora de respetar sus compromisos, podría plantearse “una garantía de seguridad multilateral”. “Si otros países también dan garantías, eso puede tranquilizar a Corea del Norte. Obviamente, los países de las conversaciones a seis bandas” sobre desarme en la Península coreana de hace una década (China, Rusia, las dos Coreas, Japón y EE UU), apuntaba en una conversación con expertos.

Estados Unidos no ha querido dar detalles. “Estamos dispuestos a ofrecer garantías de seguridad diferentes, distintas con respecto a lo que a Estados Unidos ha hecho en el pasado”, ha indicado Pompeo en su rueda de prensa. Esas garantías, en su opinión, ofrecerán a Corea del Norte “la suficiente certidumbre acerca de que desnuclearizarse les será beneficioso”.

Una posibilidad que se ha apuntado —y que Corea del Norte desea desde hace largo tiempo— sería una reducción de las tropas estadounidenses destacadas en el Sur, casi 30.000 soldados. A primera vista, algo impracticable, entre otras cosas por su papel para la protección de Corea del Sur y de Japón. Pero según The New York Times el mes pasado, Trump ha pedido al Pentágono que le preparen planes para una retirada parcial de efectivos si se alcanza un acuerdo de paz. Trump habló este lunes por teléfono tanto con el presidente surcoreano, Moon Jae-in, como el primer ministro japonés, Shinzo Abe.

Kim ya se ha apuntado un primer triunfo con la celebración de esta cumbre. La foto del apretón de manos, de igual a igual con el presidente de Estados Unidos —que, a buen seguro, los medios oficiales norcoreanos publicarán en gran detalle el miércoles—, representará un respaldo a la legitimidad internacional que busca. Una foto que habría logrado sin renunciar a una sola de sus bombas nucleares.

En la parte de la reunión en la que también participen las delegaciones, Trump irá acompañado por Pompeo y su jefe de Gabinete, John Kelly. También por el incendiario consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, que con sus comparaciones entre Corea del Norte y Libia motivó las irritadas declaraciones de Pyongyang que estuvieron a punto de hundir la cita. Por parte norcoreana, Kim asistirá entre otros, junto a su hermana, Kim Yo-jong, y su hombre de confianza, Kim Yong-chol, que visitó la Casa Blanca hace dos semanas. El presidente de EE UU tiene prevista su marcha en torno a las 20.00 horas (14.00 hora española); el líder norcoreano partirá antes.

Los Gobiernos de todo el mundo están pendientes de lo que pueda ocurrir en esa cumbre, que llega inmediatamente tras el fiasco del G7 en Charlevoix (Canadá).No se sabe cuál será el Trump que se verá finalmente en los salones del lujoso Capella, antiguo comedor de oficiales británicos en los tiempos de la colonia. Si será el Trump obstinado y tormentoso que desairó a sus aliados e hizo trizas el comunicado final de la reunión en Canadá. O si será el Trump dicharachero que en un impulso rompe con décadas de política oficial y acepta reunirse con su peor enemigo. Según él, se decidirá pronto: “Creo que lo sabré en el primer momento” si Kim es serio o no. “Es mi toque, mi sensación. Es lo que hago”.