Las contradicciones, divisiones y diferencias a lo interno de gobierno y oposición fluyen como lava a punto de estallar. En la oposición después de las diferencias estratégicas que llevaron a una serie de derrotas a partir de 2002, teniendo su punto culminante el año 2005 con las elecciones de diputados a la Asamblea Nacional, donde no participó abrumada por el virus del abstencionismo y mansamente entregó los curules al chavismo, comienza a partir de ese año una redefinición estratégica, impulsada en aquella oportunidad por Julio Borges, Manuel Rosales y Teodoro Petkoff quienes producen la unidad electoral que recompone la fuerza opositora que más tarde derrota a Chávez en el referéndum consultivo realizado en el 2007.

Lamentablemente parece que cada triunfo que obtiene la oposición en un proceso electoral lo dilapida por desespero, apresuramiento y pésimos cálculos políticos. Estos triunfos producen embriaguez que los hace perder el norte y principal objetivo que sigue como materia pendiente.

El avance electoral expresado con el apoyo electoral dado a Capriles en abril de 2013, en vez de unificar criterios y juntar a toda la oposición en torno a una única estrategia que permitiera administrar con humildad y sensatez el indiscutible avance logrado en esas elecciones, produjo lo contrario, abrió apetencias individuales, deslindando el campo opositor entre quienes apostaban por acumular fuerzas, fortalecer la salida electoral, organizar el movimiento unitario y quienes se plantearon salidas inducidas por la presión popular que forzara la dimisión del presidente o fuera depuesto por los militares.

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Punto culminante enero de 2014, donde hechos violentos produjeron muchas muertes innecesarias, la mayoría de ellas por el uso desmedido y criminal de la fuerza pública que, llevaron nuevamente al país a una polarización extrema y oxígeno a un gobierno que mostraba síntomas de desgaste. A pesar de estos hechos, la oposición venezolana logró para el 2015 minimizar la disidencia electoral radical y fortalecer la unidad de cara al proceso electoral parlamentario de ese año, logrando obtener las dos terceras partes de los diputados de la Asamblea Nacional.

Lamentablemente la embriaguez del triunfo electoral produjo mala lectura del momento político produciendo dispersión y diferencias en una exaltada dirigencia, incapaz de administrar con mesura el éxito alcanzado. De nuevo el virus del abstencionismo y extremo radicalismo cobra fuerza en amplios sectores del pueblo venezolano, apuntalado por una dirigencia castrada de ideas, incapaz de redefinir estrategias que lograsen preparar el más importante escenario que se haya presentado en los últimos años, como lo era la elección presidencial del 20 de mayo.

Estos sectores abstencionistas y extremistas siempre prometen la pronta caída del gobierno y estos, campantes, llevan 20 años en el poder. Han sido el mayor fracaso opositor, a la vez de ser, el mayor aliado estratégico que ha tenido el gobierno.

Por su parte el gobierno, cabalgando sobre una grave crisis, comienza a mostrar fisuras que presagian un rápido resquebrajamiento a lo interno de sus fuerzas; resquebrajamiento ideal y propicio para generar condiciones de negociación hacia una transición política que lleve a una relegitimación de poderes, tan necesaria para estabilizar la economía del país y afrontar con éxito la crisis.

Estamos en el mejor momento para retomar con éxito la ruta hacia un cambio de gobierno que, inexorablemente pasa por la negociación y por lo electoral. Hay que juntar con fuerza a quienes propugnan un cambio pacífico, constitucional y electoral en el país. Hay que recomponer el cuadro político

TAL CUAL