“El guarao, compañero

con flechas y cerbatanas,

la tierra venezolana

fue el primero en defender”

Alí Primera, Canto a un guarao

A Alí Primera lo conocimos un día a principios de los ochenta, siendo apenas aspirantes a ingresar en la Universidad Central. Degustábamos un vaso de la magnífica chicha que por años se expendió al pie del histórico reloj de la plaza del Rectorado cuando vino el cantautor al encuentro del grupo de estudiantes que allí nos congregábamos, animoso y exultante de entusiasmo. Por aquellos mismos días veía la luz uno de sus más recordados discos, “Abrebrecha”, icónico para muchos muchachos de mi generación y en el que Alí elevara su canto de indignación y protesta tras la infausta tragedia del siempre recordado grupo “Madera”. La “canción necesaria” de Alí le cantó todo lo que era cantable en Venezuela y el mundo por aquellos años, ya fuesen los llaneros de las riveras del Cunaviche, los habitantes de los ranchos de cartón de Caracas, los obreros petroleros de Paraguaná, los niños de Vietnam o los pescadores del lago de Maracaibo. En aquella larga lista de elementos inspiradores de su canto no podían faltar, ni qué decirlo, los indígenas de la sufrida etnia guarao.

Que el marxismo eurocéntrico se acordara un día de los indígenas de este continente probablemente haya tenido que ver con la sonorosa bofetada “dialéctica” que la historia le propinase con los hechos, hace ya 50 años, del Mayo francés. Porque en ese entonces no fue el “proletariado oprimido” quien salió a incendiar París, sino que los hijos de una “pequeña burguesía” producto de los treinta prósperos años de la postguerra (1945-1975) -recordados como los treinte glorieuses- lo suficientemente acomodada como para enviarlos a la universidad así no entrarán jamás a una clase ni tocarán un libro. Supongo que los “explotados” trabajadores de la Renault, el SNCF, la Elf-Aquitaine y la Banque Paribas estarían entonces planificando sus próximas vacaciones de verano y para nada pendientes del paso del famoso “carro de la historia”.

De modo que los marxistas se vieron forzados a replantearse todo lo concerniente al “sujeto revolucionario”: ya no sería el proletariado europeo ni el norteamericano, cuyos miembros solo se unirían, si acaso, en los balnearios de la Florida, la Côte d´Azur, las Seychelles o el Caribe. Su lugar por ahora prometían ocuparlo los estudiantes. Semejante “giro copernicano” quizás habría funcionado de no haber sido porque Daniel Cohn-Bendit (el famoso Dany le Rouge) y sus “camaraditas” jamás tomaron el Palacio del Elíseo por asalto y terminaron todos dedicados a la defensa ya no de una clase, sino que de plantas, árboles y bosques. Quedaban entonces los indígenas, esa parte de la humanidad tan despreciada por un Karl Marx que en su día saludara sin dobleces las políticas expansionistas y genocidas norteamericanas fundadas en las tesis del “destino manifiesto”.

Incluso desde pocos años antes, el marxismo ya había entendido que sus baratijas ideológicas perdían mercado en una Europa próspera y cuán si fueran chancletas de fabricación China salió a vendérselas a los pueblos morenos del mundo, los del “modo asiático” de producción por el que siempre mostrara tan profundo desprecio. Con la famosa (y no sé si aún existente) OSPAAAL y su no menos célebre Tricontinental, los marxistas recordaron que por tierras de Sudamérica todavía habían mapuches, aymaras, quechuas, yanomamis, kariñas, guajiros, piaroas y, ciertamente, también guaraos, entre muchas otras etnias, ¡todas al pendiente de ser “liberadas” a golpe de la hoz y del martillo! Fue así como los ponchos andinos se pusieron de moda en las capitales de la Europa “progre”, cuyas juventudes salieron en masa a las discotiendas a comprar sus “elepés” de Mercedes Sosa y Atahualpa Yupanqui.

Se entiende entonces que la izquierda venezolana se antojara también de los indígenas, entre ellos los olvidados guaraos a los que Alí cantara. Salesianos, y capuchinos, entre otros, llevaban ya muchos años entre ellos, pero los “camaraditas” pensaron en que ese “mercado” les era ahora natural

En el futuro, el marxismo cultural no desestimará la oportunidad que habría de ofrecerle un militar que hablaba de revolución y que en un mismo discurso le valía lo mismo citar a Mao Ze Dong que a Bartolomé de Las Casas. La revolución chavista desplegó alrededor del indígena venezolano, elevado ahora a la categoría de “sujeto revolucionario”, todo un tinglado institucional que incluía ministerios, circunscripciones electorales, organismos de protección, legislaciones específicas y hasta pintorescas ministras ataviadas con manta guajira. De todo hubo. Pero faltó lo que realmente era importante: vacunas básicas, atención médica, servicios incluso elementales.

La realidad sanitaria en las comunidades de la etnia guarao del delta del Orinoco pone de manifiesto el profundo desprecio del régimen chavomadurista por todo aquello que no sume a su proyecto de poder. Las comunidades guarao del Delta exhiben, entre otras desgracias, una de las prevalencias de seropositividad para VIH más altas del mundo: de acuerdo con datos de la investigadora Flor Pujol, del Laboratorio de Virología Molecular del IVIC, en algunos de sus asentamientos hasta el 35% de los varones vive con dicha infección. No sorprendentemente, la tuberculosis es el otro mal que por aquellos caños campea. Y para mayor “inri”, ahora la poliomielitis.

TAL CUAL

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