Observemos a Venezuela desde dos ángulos a fin de verificar si su tragedia tiene salida, como lo desean la mayoría doliente de su población, la Humanidad que -con datos más allá de retóricas interesadas- presencia el desplome de una nación próspera, y los que habiendo ejercido durante largo tiempo el oficio político, no podríamos hacernos a un lado sin soportar intensos cargos de conciencia.

El asunto no se reduce a “vencer o morir” porque no se trata de duelos de honor, ni de hablar como duques ofendidos que, fingen irritaciones para aferrarse al maximalismo y despreciar la flexibilidad política. Se trata simplemente de parar una hecatombe en marcha; evitar salidas cruentas que añadan el condimento de la violencia a las penurias colectivas, y establecer una sólida democracia en un moderno estado de libertad y derecho.

Ángulo primero. La crisis económica se multiplica con las desquiciadas medidas que intentan superarla. El profesor José Toro Hardy la ha correlacionado como pocos con la ruina del negocio petrolero. El pavoroso déficit fiscal y el de PDVSA han generado una volcánica emisión de dinero sin respaldo, origen de la hiperinflación más alta del mundo.

El derrumbe de la producción petrolera: de 3,5 millones b/d en 1998 (que el plan de negocios de la apertura petrolera elevaría a 5,5) al precario 1.300.000 registrados en el primer semestre de 2018 y al 1.000.000 estimado para diciembre, anuncian la pérdida de la condición petrolera de la nación que dispone de las mayores reservas del planeta.

Aun sabiéndolo, ya nadie quiere invertir, refinanciar ni reestructurar la deuda. El embargo del patrimonio petrolero está a la orden, al punto que más de 80 tanqueros permanecen fondeados dentro del país, para no arriesgar la carga que tampoco pueden vender. Juego trancado. Por el lado económico no hay solución.

Ángulo segundo. De la proliferación de documentos contra la violación de DDHH en Venezuela, el informe del Alto Comisionado de la ONU sobre DDHH y la declaración aprobada por el Parlamento Europeo diagnostican con tintas muy fuertes la tragedia humanitaria de nuestro país, “mundializada” por la diáspora de millones de testimonios vivientes del látigo que azota a Venezuela.

La declaración del parlamento europeo define sin ambigüedades la inconstitucionalidad del gobierno de Maduro y de la ANC, y desconoce sin ambages las arbitrarias elecciones del 30 de mayo. ¿Debemos registrar como conclusión de este segundo ángulo que de nuevo el juego se ha trancado? Evidentemente no. Aparece una manera, la mejor, de destrancarlo sin sacrificar la libertad ni el derecho a votar y elegir.

El documento es terminante. No está para discutir lo que sabe y comparte, pero sí para encontrar en la política un desenlace no violento, sin perjuicio de la profundidad que la realidad exige. Los parlamentarios europeos, en la línea de la más vasta comunidad internacional, no postulan “salidas de fuerza” sino elecciones generales garantizadas internacionalmente.

Ese objetivo mundial debe asumirlo la oposición. Nuevas elecciones con supervisión internacional y rasgos de credibilidad de los que careció el falso proceso de mayo. Es una oportunidad para la democracia, la prosperidad del país y la reintegración de la dispersa Venezuela en el más luminoso ambiente de paz. ¡Ahí tiene la alternativa democrática una hermosa causa para reparar su evasiva unidad!

TAL CUAL

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